EL AGUA ESTÁ DORMIDA EN EL MAR DEL NEGRATÍN

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jueves, 22 de enero de 2009

ANTONIO DE LA TORRE "MAÑAS"


Antonio de la Torre Salas nació en Zújar en 1919 y con seis o siete años se vino a las Cuevas, porque “entonces aquí había mejores medios de vida”. Lo recuerda como si todo hubiese sucedido ayer mismo, como si 77 años se hubiesen volatilizado en un abrir y cerrar de ojos.

Recuerda de entonces a todos sus vecinos de la Cañá San Isidro: “Gabriel Galera, Matías el de los Serapios, Andrés el Culto, los Aragoneses, los Zurdos, el tío Nicasio, Ramón el Grande, los Rotos, los Bastidas, el Padre de los Pobres, los Hortales, los Caballistas, Juan José Galera, los Tuertos”, y así va desgranando uno a uno sus nombres, como si viniese de una visita obligada, sin dejar ni uno.

Le pregunto por la ermita y me dice que “En aquellos años estaba cerrada, pues ya teníamos la iglesia abierta. D. Juan Ribalta y luego, D. Ramón Lorente”, son nombres de curas, ya desconocidos totalmente para la mayoría de nosotros.

Recuerda con cariño un pueblo muy distinto al actual, donde para beber agua “había que desplazarse por aquellos años veinte, a buscarla a las Pozas y a la Rambla, o al Caño del Tío Quiquito. Había que levantarse en la "madrugá" para poder hacer cola y llenar los cántaros, debido al poco caudal que tenía la fuente y a la gran afluencia de público. Después, y ya no hace tantos años, siendo alcalde Pepe Martos, me dice, se hicieron caños en algunos barrios. El principal en la puerta de la Iglesia”, donde más de uno mojó sus carnes con algún que otro chapuzón en pleno invierno; “también en Triana, en el Puente Grande, en Decaradas”.

Con nostalgia recuerda a sus compañeros de mili, “algunos ya no viven”; y como una gran fiesta en su vida, el día que se licenció junto con: “Manolo Corona, Prudencio el de Elías, Gonzalo Olivares, Antonio Manzano (Colonia), Gregorio Valenzuela, Cándido Parejo, José el de la Rambla y otros más”.

De los años treinta nos comenta también, “que los días pasaban como siempre: sembrar, trabajar, trillar, labrar,” pero matiza, “todo a mano, las máquinas no se conocían”.

Le pregunto como era un verano de aquéllos y como si fuese ayer me dice que “mucha gente de entonces pasaba mucha hambre, lo pasaban mal y había que segar de sol a sol. El día comenzaba cuando se veía. Nos enganchábamos a segar al salir el sol, luego a las siete se liaba el primer cigarrillo. A las nueve estaban a punto las migas; se continuaba trabajando hasta las doce, que tomábamos el gazpacho de pepino”, que hacía más fácil y soportable el tórrido sol de julio y agosto.

“A las cinco venía la otra comida más fuerte: la olla de los segaores. Después de repuestos, otras horas de siega, hasta la puesta de sol, que era la señal de regreso a casa.

Después de casi dos meses de siega, “tocaba la barcina”, que duraba de doce a quince días, y consistía en “llevar la mies a la misma era”, que estaba en la puerta de la cueva. La trilla comenzaba después de “extender la parva. Se metían los mulos y se enganchaban los trillos”. Aquí la chiquillería familiar comenzaba de pleno a participar en la fiesta: juegos y mil anécdotas harán recordar a más de uno –al leer estas líneas- lo vivido año tras año en cada rincón de nuestro pueblo.

A las doce “se llevaban las bestias a darles agua, mientras se volvía la parva”. Al mediodía se paraba a comer y hasta había tiempo para una breve siesta, pero a las cuatro se volvía de nuevo a la parva. Luego, sobre las seis, abrevaban las bestias de nuevo, “y a las ocho se ponía fin a una jornada de trabajo, si no hacía viento”. Después había que ablentar -limpiar el trigo de la paja- con orcas. El viento hacía separar el grano de la paja. “Todo terminaba metiendo los sacos de trigo en las solanas y la paja en el pajar. Sobre el veinte de agosto terminaban las labores del verano”.

Le pregunto por la liga y me dice: “en aquellos años no había liga. Nos juntábamos los amigos en casas. Al bar no se iba con frecuencia. La liga vino después de la guerra. Cuando tenía quince o dieciséis años ligaba con mis amigos: Gonzalo Olivares, Calderón, Antonio Arililes, Valenzuela, Moyiya. Un litro de vino entre cinco o seis y con solo un plato de garbanzos. Después como había siempre gorrones, repartíamos lo que costaba todo por los que íbamos. Salíamos a un par de perras gordas. Años después la gente se formalizó –me dice- y empezó a ligarse, como conocemos ahora. De los desplazamientos mejor no hablar, a pie se iba a todos sitios, o en bestias”.

Finalmente le pido que recuerde a sus mejores amigos. Mientras los va nombrando sonríe como si estuvieran presentes y con el cariño de un buen amigo me los va nombrando uno a uno mientras le aparece el brillo en sus pupilas: “Los Marines, Cándido, Galera, Andrés el Nene, Cándido Parejo..., y de más jóvenes Gregorio Valenzuela, Jesús Calderón...”

Cuevas del Campo, en mi casa, 27 de diciembre de 1.996

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