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viernes, 12 de julio de 2013

GREGORIO "EL LOCO"


Mil novecientos veinticinco fue, sin duda, un año de noticias importantes en su acontecer diario y no sólo porque el charlestón causaba furor entre nuestros abuelos o los periódicos de la época reflejaban, en grandes titulares, cualquier evento innovador o noticia importante. En aquellos días se inventaron los crucigramas y en París, las medias de cuadros hacían las delicias de las señoras.

Mientras en Estados Unidos nacía Paul Newman y Robert F. Kennedy, en nuestras Cuevas Gregorio 
Fernández Cruz, veía los primeros rayos de luz de su vida, en aquel nuevo año de miserias y hambre “... aunque yo fui afortunado. En casa de mis padres había una tienda y no faltaba de na. Una vez se me cayeron dos dientes de comer chocolate” me dice este buen hombre y amigo, reflejándosele en la mirada una tímida sonrisa infantil de satisfacción.
Gregorio es de esas personas que te llenan la vida de sensibilidad mientras te va contando una a una sus vivencias y anécdotas, que son las nuestras, como si los felices años veinte no hubiesen pasado nunca.
La llegada de la electricidad a nuestro pueblo, además de haber sido un acontecimiento importantísimo, hizo la vida más llevadera y alegre, en aquellas veladas de oscuridad, velas y candiles. “Recuerdo la fábrica de la luz... la vi funcionar. Como mis padres eran amigos de Manuel, que era el que la llevaba, me invitaba a visitarla frecuentemente. Funcionaba siempre de noche”.
Entre sus amistades de niño destaca a “Manolo Medina que era uno de mis mejores amigos. Hacíamos un pinto y jugábamos a las almendras, nueces... con el Chico Jerga, mi cuñao José Mª, Camilo...”
La verdad es que los críos de aquella época tenían que idear, diseñar y hasta construir sus propios juguetes, ante la falta de dinero o tiendas donde conseguirlos; pero para Gregorio y sus “terribles amigos” eso no les suponía ningún esfuerzo aunque hoy, sin duda, tendrían muchos y graves problemas.
Los críos “que siempre hemos sio más brutos”, se las ingeniaban de mil formas diferentes para poder jugar. “Con Manuel Manías, el practicante, hijo de Jesús Fuentes, nos dedicábamos a hacer pistolos. Nos hacíamos de un tubo, lo atábamos bien, porque no nos fiábamos, y lo enrollábamos con alambre para evitar que se abriera con el disparo. Luego le poníamos pólvora, una mecha y la metralla con los clavos de herrar las bestias, que buscábamos en la herrería del maestro Cirilo”. “Un día atamos otro pistolo a un árbol en una finca que teníamos en el barranco. ¡Qué tiro le pegamos al chopo de enfrente que lo arrancamos de cuajo!”.
Gregorio es generoso por naturaleza, le gusta compartir con sus amigos y familia, no porque lo refleje su horóscopo sino porque lo lleva dentro desde niño; por eso, pienso yo, que no tolera la traición, como tampoco está necesariamente al acecho por si la vida le cuela un gol. Él prefiere, por encima de todo, la verdadera amistad, disfrutar de la vida y de sus buenos momentos,
¿Y el apodo, Gregorio? Me mira fijo a la cara y sonríe, mientras habla y habla con esa naturalidad, fluidez y desparpajo que tiene, que parece muchas veces, que las palabras van por delante del pensamiento. “...esto de Loco viene por mi bisabuelo, que era de Bácor... a la hora de irse a la mili, el alcalde de Zújar, que tenía mucha amistad con mi familia, puso en los papeles: este muchacho es una buena persona pero está loco; lo dijo porque mi bisabuelo había tenío un problema grave con el cura hacía poco tiempo. Así que se libró del servicio militar dejándonos el apodo para siempre. Mi abuelo Juan el Loco, mi padre Manuel el Loco y nosotros los Locos”.
A pesar de todo, Gregorio es de esas personas que disfrutan plenamente de la vida como nadie, con sus cinco sentidos, con su inteligencia siempre práctica o con sus sentimientos profundos. Por eso, la música le ha dado a lo largo de la vida de todo; afición, amigos, riqueza y paz interior y ¿cómo no?, ganas de transmitirla a los demás. Prueba de ello fue el origen del conjunto Los Sorix.
“Desde que era chiquillo me viene la afición por la música”, me dice con ese orgullo lleno de sentimientos y satisfacción, hasta el punto que parece que sus palabras te transportan a los años treinta.
“Un día, Camilo Soria me dijo que había baile en la cueva de Elena, que entonces vivía allí Antonio, el hermano de Pérez el guardia. Estuve al lado del músico oyéndole tocar hasta que mi padre subió buscándome muy enfadao, pues hacía poco que había muerto mi madre, y me echó una regañina. Luego le dije que me gustaba mucho la música y me había embelesao. Tenía yo doce años”.
“Al año siguiente le dije a Aurora, mi madrastra, que Agustín Castellar vendía una bandurria muy bonica; la pobre me dijo: ¿de dónde saco yo los trece duros? ...pero se las apañó y me la compró”.
“Luego empecé a tocar de oído, pero fue Luis Gámez el que nos enseñó a los que hoy sabemos un poco de corcheas, fusas y semifusas. Después se nos juntaron también mi cuñao José Mª, Agustín el Sacristán... y nos pasábamos el día hablando de música”.
Después fueron transcurriendo los días y empezaron a tocar “en el teatro que había donde estaba la casa de Amador Rodríguez y la de Alsacia, que era de Florencio. Un día se hundió pero quedaron los camerinos y allí ensayábamos siempre entre restos de esparto, tochos y chatos de vino”.
“Con la rondalla tuvimos una época maravillosa”, me dice Gregorio, como si hubiera vivido con más intensidad en su vida, aquella época, con Joaquín Chingara, los Tejas, el Alpiste, Manolico el de la Colonia -que no tocaba na- y el carpintero de la Colonia. La verdad es que tocábamos bastante bien; daba alegría y nos gustaba hacerlo.
Ahora Gregorio se transforma, como si por arte de magia el pasado se hiciese presente o el presente pasado. Sus palabras se llenan de vida y envuelven mi entorno de música y colores, haciéndome poner los dientes largos. “Las Navidades de aquellas épocas eran fabulosas. Recuerdo, antes de la guerra, las misas de gozo y aquellos villancicos a las seis de la mañana, de noche por tos sitios. Nos matábamos llamándonos unos a otros. ¡Que han tocao a misa!. ¡Que han tocao a misa! . ¡Vamos!”
La verdad es que en la cara de Gregorio se refleja a raudales, la rabia y la nostalgia por haber dejado perder momentos tan gratos; pero la vida es así siempre, la vida es historia y la historia pertenece al pasado.
Después de unos instantes prosigue con su entusiasmo contagioso y desbordante. “Recuerdo que eran unas misas muy bonicas. Aquella iglesia tenía coro. Tocábamos arriba, cantábamos... Nos tirábamos casi dos meses ensayando. Después de las misas nos íbamos todos a casa de algún amigo o amiga y formábamos baile. Yo me he divertido mucho”.
La miseria de aquellos años, es verdad, que era muy grande, pero nuestros abuelos aunaron esfuerzos y con sus amistades las hacían más llevaderas. Sabían disfrutar siempre intensamente de los momentos justos y precisos. Es una pena que poco a poco, aquellos encuentros, aquellas vivencias, aquella riqueza social se haya dejado perder entre las lomas, las cuevas o las tumbas, por otros modelos venidos de fuera. Sencillamente creo que tendríamos que recuperarlos, entre todos, poniendo cada uno su granito de arena; todo forma parte de nuestra riqueza cultural y lo que se pierde es muy difícil de recuperar.
Gregorio es, me parece a mí, como un manantial de buenos recuerdos, por eso le sigo preguntando. ¿Te acuerdas de las cencerrás? “¡Claro que sí! ¡Cómo no me voy a acordar! Cuando nos enterábamos de que un viudo se llevaba la novia o a otra viuda, se organizaba de momento un grupo de personas. Desde los puntales de las lomas se daba rápidamente el aviso a to el pueblo. Al instante acudía to el mundo con cuernas, caracolas, cencerros, tambores, latas o con lo que cada uno pillaba. Luego marchábamos a la cueva donde estaban los novios. Si no salían a convidarnos aquello podía durar toa la noche”.
Gregorio no es de esas personas que corren tras la fama y los honores; prefiere la sencillez de la vida y de las cosas, como el olor del romero, el tomillo, las flores silvestres del Chaparral, disfrutar de un pan recién hecho por el Metros, Joaquín, Los Sacristanes o pasar horas y horas con su bandurria, recordando sus años mozos; aunque en el fondo, si las cosas no le salen bien o alguien le traiciona o le engaña, puede ser tozudo y obstinado; entonces no hay quien le mueva de sus ideas fijas y si no que se lo pregunten a los del Ayuntamiento de Zújar cuando saltó la chispa con los contadores del agua, dando lugar poco después a la segregación, junto a otros muchos padres de la patria cueveña. ¡Qué tiempos aquellos y ya tan lejanos!
Gregorio, a pesar de todo y de todos, se ha sentido siempre a gusto en su vida pasada. La historia del pueblo nunca le pilló en fuera de juego. Siempre estuvo en su lugar preciso.
Recuerdo personalmente, aquellos días de estío de los setenta, cuando íbamos a pescar al río de la Bolera y traer cantidad de peces cuando aún nadie lo hacía en el pueblo con caña o, incluso antes, cuando formó parte del grupo de personas que fundaron la Sociedad de Cazadores, “... con Paco el Electricista, Ramón el de Federico, Tomasillo el del Coto, Ramón el Piri, Metros, Juan José el Boticario, que fue el presidente, Serapio... Acotamos primero la jurisdicción de Cuevas y después la de Zújar; por ese motivo tenían que hacer ellos el camino hasta aquí...”

¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando viajero
A lo largo del sendero...
La tarde cayendo está.
...suena el viento
en los álamos del río.

El tiempo se nos ha pasado grata y fugazmente, casi sin darnos cuenta, con el viento impregnado de historias pasadas, como dice A. Machado: “A lo largo del sendero”.

Cuevas del Campo, en mi casa, 23 de diciembre de 1.999
(Fallecido)
(Su relato sonoro con hora de encuentro conmigo se encuentra en el capítulo nº 2 de mi “Enciclopedia Multimedia: Cuevas del Campo, dos siglos de historia”)

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