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martes, 29 de mayo de 2012

LA BOTICA DE Dª JULIA Y D. VICENTE

Hacía tiempo que tenía ganas de buscar la manera de intentar recuperar, en esta sección, los orígenes de todos aquellos oficios o profesiones, junto a sus protagonistas, que en su día, dieron vida a nuestro pasado y que los años han ido dejando en el olvido. Quisiera que sirviera de pequeño homenaje toda esta información, que sin duda, a partir de ahora quedará escrita para siempre y nunca más podrá olvidarse. Mi agradecimiento más sincero a Julia Thòmas Barceló,  a Gonzalo Ruíz Román y a Juan José el Boticario, ya fallecido.


DOÑA JULIA
¿Julita, cuéntame aquellos primeros días de la llegada de tus padres a Cuevas del Campo?
Me llamo Julia Thòmas Barceló y nací en Barcelona.
Mi padre, al terminar la guerra, como era oriundo de Zújar, sabía que este pueblo no tenía farmacia porque sólo era un botiquín; pensó venirse aquí a ver si la vida podía ser más asequible y más cómoda para ellos.
Se vinieron en 1.941 a casa del Tío Pajarillo, a la pensión que entonces estaba en lo que hoy es el Museo Etnológico. Creo que allí estuvieron unos tres meses. Luego alquilaron la casa –donde hoy está el Casino y que era de Amador Medina- para la farmacia y la casa de la Tía Dolores, -la de Germán- para vivir. Les costó muchísimo trabajo porque esto, como te he dicho antes, era un botiquín de Zújar; al boticario de allí no le interesaba, por eso luchó con todas sus fuerzas para que en Cuevas no hubiese farmacia propia.
Mi madre quería que ser la titular y para eso tenía que hacerse inspectora para poder estar aquí en propiedad. Se fue a Madrid y se tiró un mes la pobre allí sola; mi padre se quedó con nosotras chicas. Así, mi madre se sacó su título de Inspectora de Farmacia.
Al final vinieron mis padres y Cuevas tuvo su farmacia con titularidad y encima con el título de inspectora, cosa que a donFrancisco -Dios le tenga en su gloria- no tenía.
Entonces cambió la tortilla, mi madre además de ser ya la titular tenía que pasar inspección no sólo aquí sino también en Zújar de las aguas y las panaderías.
Así que, todo esto, a don Francisco le sentó muy mal. En fin, que al principio a ellos les fue muy difícil aquí. Además, en ese tiempo, había mucha miseria, mucha hambre, pues era posguerra y la gente no tenía dinero, la gente no tenía el seguro, la gente no tenía ná.
Mis padres venían con nueve mil pesetas, que entonces aquello era un capital, pero no podían atender a to el mundo. A pesar de todo daban fiao y cuando recogían la cosecha, la gente nos pagaba en especies o como se podía. Así fueron saliendo adelante.
¿Dónde estaba entonces la farmacia?
La primera farmacia estaba en lo que hoy es el casino. Allí estuvimos hasta que mi padre compró la casa. La gente creyó que nos hicimos de oro pero eso no era verdad. Hombre, se vivió y ya está. La verdad es que ellos no tiraban nada porque mi madre era muy económica y mi padre quería darnos un porvenir y juntar algo para ello, pero de riquezas no. Fue vivir y pelear mucho. La verdad es que la gente, entonces se ponía tan mala como ahora. Se curaban con emplastos y cataplasmas, parches “Sor Virginia” y cuatro ungüentos más, pues en aquellos tiempos los había para todo.

¿Qué tipo de medicamentos teníais en aquella época?
Siempre teníamos los medicamentos que por aquella época había, a parte de las aspirinas, agua oxigenada, alcohol y algodón para poner inyecciones, que eran como los primeros auxilios, pues entonces la Seguridad Social no existía, y que se vendían sueltos.
En aquellos días, en la farmacia, se trabajaba más con fórmulas que con el medicamento de laboratorio; por eso había en la rebotica un sinfín de tarros con productos para hacer la medicina adecuada. También me acuerdo cuando trajeron la penicilina. Mi padre iba a Baza, y la traía en lebrillos con hielo. Por esta zona no había apenas, por eso venía gente de otros sitios. Recuerdo con Jofré, que un hijo suyo se puso malo y entonces no encontraban penicilina por ninguna parte de estos alrededores y nosotros sí la teníamos.
Gracias a esto, aquel niño se salvó. Este medicamento tenía que estar en hielo, que nos lo traía el correo del Pozo. La verdad es que mis padres penaron mucho. Yo ahora que veo la farmacia llena de tó, me acuerdo de ellos. Entonces no había domingo, ni había lunes, ni sábado, ni de noche, ni de día. Se estaba de guardia to el día. Eran las veinticuatro horas. Además, nosotros hacíamos muchas medicinas. Otras, recuerdo, que se pedían a Valencia, al principio de estar mis padres aquí. Tardaban ocho días en llegar en unas cajas de madera. Algunas veces venían llenas de piedras porque por el camino, alguien, abría los paquetes y las robaban, y teníamos que responder nosotros. El almacén te las mandaba y lo que tu recibieras era otra cosa.
Cuando se hizo en Granada la hermandad las cosas cambiaron. Luego se puso el teléfono y hacíamos los pedidos de otra manera, así llegaban al día siguiente. Mientras tanto, tenías que apañarte como podías. Mi padre pa eso era una ardilla porque era auxiliar de farmacia de primera. Era el segundo farmacéutico y para eso de las fórmulas era muy hábil. Cuando nosotros nos bajamos aquí teníamos entero lo que era el laboratorio y mi marío lo tiró to: la centrífuga, -que hoy son todas eléctricas- pero entonces eran a mano; los tubos de ensayo... todo. Yo me quedé ahí con algunas cosillas como los morteros.


DON VICENTE
¿Qué medicamentos hacíais vosotros?
Se hacían los supositorios, los jarabes de la tos, de las diarreas; era lo que más abundaba. Cuando llegaba el verano, los chiquillos se morían como chinches; los ungüentos, los emplastes, las píldoras que también hacía mi padre que parecían gominolas. To eso se hacía aquí. Las fórmulas que teníamos se las regalé a mi sobrina Esther. El Vademécum o libro de fórmulas magistrales era la ciencia del boticario, era antiquísimo y sobre todo una maravilla.
Había fórmulas pa la sarna, pa las lombrices, pues pa to. Tu ibas al médico y te hacía la receta con la fórmula; entonces nosotros la hacíamos y les decíamos a la gente que viniera poco después con un bote vacío pa echarle el jarabe. Si no tenían se lo proporcionamos nosotros. Muchas veces, como había gran cantidad de fórmulas, el médico se equivocaba. Más de una vez, mi padre se daba cuenta y lo arreglaba. Recuerdo una fórmula pa la sarna que era de óxido amarillo y vaselina. A mi me encantaba hacer las pomadas porque tenías que trabajarlas mucho.

¿Qué gente solía pasar por la farmacia?
Por la farmacia pasaba to el pueblo. Mientras mi padre estuvo vivo, -mi madre estaba en la retaguardia- verdaderamente era el que defendía el negocio y mi madre andaba más pendiente de nosotras. Era el que llevaba to. Quizás mi padre sabía más que mi madre en ese aspecto. La gente llegaba allí y a mi padre le contaban cada uno su vida. Allí llegaba el más pobre, el más rico y mi padre era muy generoso con todos, porque les daba muchas cosas sin cobrarlas. Recuerdo que cuando se murió tenía un gancho de hierro con la base de madera lleno hasta arriba de lo que le debían.

Vicente el Cortapaños era el que salía por las casas con la burra, cuando llegaba el verano, cobraba con trigo y cebá y en invierno con aceite. Después de morir mi padre cuando salió este hombre a cobrar... pues nadie nos debía na. La verdad es que hubo muy pocos que pagaron. Después de todo esto le crearon a mi madre una fama mala, de que no daba y no sé por qué. Nunca la comprendieron. Antes de morir mi padre dejó una lista de personas que le podíamos fiarle porque sabía que pagarían después y darían la cara. Unas veces pagando poco a poco y otras cuando llegaban las cosechas. Y eso que decían que no fiaba.

¿Julita, cómo era tu madre?
Mi madre se llamaba Julia Barceló Beyloc. Era una excelente persona, cultísima y buena. Cuando a la gente le hacía falta algo lo daba, socorrió a mucha gente, aunque aquí no la comprendieron. Cuando llegó a Cuevas no la recibieron como ella se merecía, porque era catalana y hablaba raro; era una persona muy metida en sus estudios, porque en su niñez la habían tenido entre banderas, que venía de la alta sociedad de Barcelona. Al venir aquí, no te quiero decir...

Mi madre estaba en Barcelona en un ambiente cultural muy bueno y cuando llegó a nuestro pueblo no tenía ni luz, así que imagínate. Se mantuvo, aquí, por el amor que le tenía a su marido y a nosotras, sus dos hijas. Era una mujer que estaba acostumbrada, en aquellas épocas, a tener un coche en la puerta con un chofer llevándola a tos laos, con un palco en los mejores teatros de Barcelona y venirse aquí a este pueblo...

D. VICENTE Y SUS HIJAS JULITA Y JOSEFINA

Tuvo que enseñarse a hacer de comer porque allí en Cataluña nadie se le había enseñao, -eso es gordo- y más en aquellas años que no había na, aunque ella siempre tuvo mucha fe y aprendió. Yo me acuerdo de verla hacer matanzas y comidas. Aprendió todas las costumbres de aquí. Lo que ella no podía, eran con las visitas y con los chafardeos porque no le gustaba criticar a nadie porque no lo había mamao.

Su gran pasión era la lectura y más tarde los sellos. Fue una mujer muy creyente y con un carácter férreo hasta el último momento. Era una enciclopedia viviente. Ya me gustaría a mí tener una enésima parte de lo que ella tenía almacenado.

Y tu padre ¿Cómo era?
Mi padre se llamaba José Vicente Thòmas Martínez y Se fue con quince años a Barcelona. Era también una excelentísima persona y no lo digo porque fuera mi padre, entiéndeme, conocía muy bien el pueblo porque era de Zújar, aunque su familia era oriunda de Cúllar. Descendía, creo, de un teniente general inglés de la “Guerra de la Independencia”, que vino aquí y se casó con mi bisabuela o mitatarabuela. De ahí viene nuestro apellido. Por eso, el apodo que tenían en Zújar, mi abuelo y mi padre, era Bonaparte. Juan Bonaparte. Mi padre nunca se cansó de dar mucho y de asistir a la gente. Ayudaba a todo el mundo en to lo que podía. Decía que cuando se muriera quería la caja más barata, porque entonces había entierros de primera, segunda y tercera. Y así fue enterrado, en una de pino con el entierro más sencillo y la misa más pobre. La diferencia que hubo en dinero, había decidido que fuese para dar de comer a las personas más pobres. Así que hubo diez familias comiendo más de un mes y medio aquí en Cuevas con ese dinero. Con eso te lo digo to, no te puedo decir más na.
¿Recuerdas algunas anécdotas de tu padre?
Yo me acuerdo, una vez, de pasar una epidemia que hubo aquí en el mes de agosto, de las muchas que siempre había en aquellos años. Los chiquillos además se morían, también, del calor. Un día, estaba Mariano el practicante -me acuerdo yo- poniéndole a un crío el suero con tan mala sombra que el zagal se iba parriba -se moría-, pero como los sueros no eran como ahora, se los ponían aquí en la barriga. Aquellas botellas se las metían a los chiquillos y se inflaban. Mi padre, entonces le dijo al practicante: “Mariano, por favor, que el chiquillo se nos sube parriba”.

La gente llegaba a la farmacia y como se pasaba tanta miseria, mi padre, les ayudaba. Algunos días mandaba a los chiquillos a coger ranas y por cada rana que le llevaban, él les daba tocino, pollo o pan. No te puedes dar una idea del laberinto que teníamos con las ranas en mi casa. A mí me daba una rabia cuando iba a la despensa y veía toas las patas de rana pegás en la pared. También la gente le traían collejas y mi padre a cambio les daba de to lo que había. Los críos siempre estaban deseando pasar por la botica porque le daba algún caramelo, o les tenía un dicho o cualquier cosa. Lo querían mucho.

¿Quiénes eran los amigos de tu padre y que hacían en sus reuniones?
Por las tarde se juntaban el la farmacia el cura, el médico, el practicante, Medina el padre de Amador, Cirilo, Manuel el Loco, Andrés Guevara. La élite del pueblo en aquellas épocas y ligaban
allí. Entonces la farmacia estaba en lo de Medina. Era una habitacioncilla cuadrá -en el mismo sitio que está hoy el Casino-, con las estanterías verdes. Luego había una puerta, bajabas a otra habitación chica, que era como la rebotica. Los que venían siempre traían muchas veces las tapas. El médico que iba frecuentemente a Granada traía huevas, pescado... y se tiraban sus buenas ligas, discutiendo de política o arreglando el pueblo. Aunque no querían que nosotras estuviéramos por allí, pero de vez en cuando, -como chiquillas que éramos-, nos escapábamos y estábamos al oído.

Recuerdo, también, cuando ya nos bajamos a la otra farmacia -lo que hoy es la casa de José Manuel el Grifo- y la inauguramos con aquella gente. Todos los recuerdos de aquellas épocas los guardo con mucho cariño. Yo me crié aquí y a este pueblo lo quiero muchísimo porque aquí he pasado mi vida. Mi padre se levantaba por la mañanas, se echaba sus bocadillillos y a andar; a nosotras nos llevaba por narices. Toas las santas mañanas, en el verano, a desayunar al chorreón, al túnel, a los Sifones. Decía que era saludable.

¿Te acuerdas de las personas que trabajaron con vosotros, en la botica?
De las personas que trabajaron con nosotros había una criada, cuando nosotras éramos chicas, y se le trataba como una más de la familia. También recuerdo con mucho cariño a Gonzalo Ruiz. Estuvo en la farmacia vieja y en la nueva. Mi padre le ayudó mucho pa que estudiara. Y empezó cuando tenía trece o catorce años. Recuerdo una anécdota: Gonzalo algunas veces fumaba a escondidas, como cosas de chiquillos. Un día, mi padre lo pilló fumándose un cigarro de serrín y por pocas. También estuvo Pepe Ruiz, el actual dueño de la cueva de Parejo. Luego estuvo un poquillo de tiempo tu cuñao Antonio Mañas. Un día se encontró una pistola del año de la polca. Yo ya no sé lo que hicieron con la pistola. Luego estuvo, también Mariana la hermana de Fausto, que estuvo mucho tiempo con nosotros.

Todos ellos iban a por los paquetes, colocaban las medicinas, despachaban siempre bajo la tutela de mi madre el alcohol, el algodón, hacían papeles de tomatina a punta pala. Esto es un detalle que me acuerdo yo de chiquitina; teníamos una mesa de comedor grande que le cabían cien papeles de tomatina. Eso no se me puede olvidar a mí en la vida. Por cada papel de aquellos que hacíamos nos daba mi padre una perrilla.

También hacíamos refrescos. La fórmula era ácido cítrico y bicarbonato. A eso le echábamos agua y teníamos una gaseosa. También con esencia de limón que tenía mi padre para endulzar los jarabes. Después de Mariana estuvo la Paca, luego Rosa Rull, Anita la hija de la pequeña, la hija de Joaquín Carrañaca el del alcalde viejo, la Emilina la del Loco etc.

¿Julita, quieres añadir, finalmente, alguna cosa más?
Quiero terminar diciendo que mis padres fueron en este pueblo los pioneros en muchas cosas. Lucharon por la sanidad, de cómo había que comer la fruta, el aseo personal, la limpieza de la boca etc... Lucharon con todas sus fuerzas para que la beneficencia fuera para aquéllos que eran pobres de solemnidad y no estuviese limitada a los cuatro jarabes (alcohol, algodón, esparadrapo...) sino que también tuviesen acceso a todos los medicamentos. Fue, sin duda, una lucha dura con el ayuntamiento de Zújar, pero al final lo consiguieron. Fueron unas personas y profesionales como la copa de un pino. El teléfono se puso aquí por la lucha que siempre pusieron para conseguirlo y que este pueblo no tuviera incomunicado. Si pasaron muchos boticarios por este pueblo -y no es amor de hija pero sí puedo decir con orgullo, que como ellos ¡NINGUNO! También tengo que agradecer a mi padre el profundo amor que tengo a este pueblo, pues me enseñó a luchar por él y querer a su
gente. Si levantase la cabeza y viese todo lo bueno que tenemos, la realidad de los pantanos de la Bolera y del Negratín. Yo creo que se volvería a morir.

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