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martes, 3 de febrero de 2009

Mª JOSÉ RAUSELL "MARÍA MAGDALENA"



Aunque nació en la localidad valenciana de Masamagrell, quiso el destino traérnosla a Cuevas del Campo de la mano de su marido Antonio de la Torre Sánchez -actor figurante desde la primera edición de la Semana Santa Viviente- donde está totalmente integrada en casi todas las entidades culturales y sociales que hay en el pueblo: Coro Rociero, Asociación de Mujeres Yerma, Grupo de Teatro La Tinaja y muy especialmente en la Semana Santa, donde representa desde su inicio, el difícil personaje de María Magdalena, con una profundidad digna de elogio y admiración.


También desde hace tres años representa anualmente, el Jueves Santo, a María la Madre de Jesús con una calidad y una belleza increiblemente digna de una gran actriz de primera línea.

Tanto su marido, como sus hijos, David y Elisa, están integrados de lleno en este ingente proyecto.

EL PERSONAJE HISTÓRICO:
"Y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades; María la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios". (Lucas 8:2)

María Magdalena es el equivalente femenino de Pedro en el círculo que seguía a Jesús. Los dos se caracterizaban por su celo y su fervor; fervor que a veces era excesivo y tenía que ser reprendido.

Magdala, la ciudad natal de María, estaba a tres millas de Cafarnaúm.

No es raro pues que oyera pronto de Jesús y se pusiera en contacto directo con Él. María era un personaje muy conocido en su ciudad natal. Era relativamente rica y había estado sujeta a la influencia de los demonios.


Algunos dicen que era adúltera, pero no es justo decirlo no teniendo ningún dato. No tenía nada que ver con la mujer pecadora que lavó los pies a Jesús. Podemos suponer, por su posesión de demonios, que era de naturaleza apasionada e impetuosa. Pero María se había liberado de estas influencias. Jesús expulsó sus siete demonios y a partir de aquel momento, María Magdalena, dedicó su fervor apasionado a servir a Jesús.

Permaneció con las mujeres que seguían a Jesús y sus discípulos, que les servían según necesitaban y que cuidaban de ellos. Necesitaban dinero, alimento, vestido. El dinero lo proveían estas mujeres, según vemos en Lucas 8:3.

Pero, este servicio material no era la única prueba de lealtad de María Magdalena a su Salvador. Cuando Jesús fue a Jerusalén para sufrir y ser crucificado, María Magdalena le acompañaba.


En la cruz, todos los discípulos excepto Juan, habían huido en el momento de la crísis. Pero, María Magdalena permaneció y fue testigo de la muerte de Jesús (Marcos 15:40,41).


Después de los sucesos del Gólgota, participó en los preparativos de su entierro. Fue también una de las mujeres que se dirigió al sepulcro para derramar especias sobre la tumba. Y cuando hallaron que el cuerpo no estaba allí, fue María la que fue a Jerusalén y halló a Pedro y le comunicó la noticia que lo habían robado.

Pero, esto no fue bastante. Regresó inmediatamente a la tumba, probablemente antes que los apóstoles llegaran allí. Sabemos que tuvo un encuentro con Jesús y que no le reconoció, pero fue sin duda la primera mujer que le vio. Fue necesario que Jesús la llamara por su nombre antes que sus ojos fueran abiertos. Entonces le reconoció y cayó de rodillas. Otra vez muestra su celo y trata de acercarse a Jesús, pero el Señor le ordena que no le toque. En su fervor, consumida por él, como en todo en su vida, Jesús tuvo que frenar a María. Cuan distinta, por ejemplo, de María de Nazaret, o de Salomé, o de Marta, la hermana de Lázaro.

Pero, este fervor, esta impetuosidad, debidamente templado puede dar mucho fruto. La Iglesia no tiene que despreciar a las Magdalenas.




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