

Hileras de montañas peladas y agrietadas con descaro por la erosión, cuajadas de esparto y alcaparras, rodean esta entrañable llanura del nordeste de la provincia de Granada, en un paisaje selénico, donde el viento solano mima y arrulla, casi a diario, su entorno policromado en los atardeceres haciendo rodar nubes de polvo, hojas y brozas y donde el Creador, hace millones de años, esbozó crepúsculos bellísimos, bordados de estrellas y pincelados de preciosos colores, dibujados mágicamente en el horizonte lejano del firmamento, desde donde Febo -como gran enamorado- acaricia, diariamente en su declinar, las cimas montañosas de su amada tierra cueveña allá en la lejanía, haciendo de su belleza un auténtico disfrute para los sentidos y donde el mítico Jabalcón se yergue y refleja en las cristalinas aguas del mar del Negratín, soberbiamente endiosado, como vigilante perenne de nuestro entorno desde el primer día de su nacimiento.















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