EL AGUA ESTÁ DORMIDA EN EL MAR DEL NEGRATÍN

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domingo, 22 de marzo de 2009

Mª DOLORES GARCÍA HIDALGO


Ama tu alegría
y ama tu tristeza,
si buscas caminos
en flor, en la tierra
(A. Machado
)


María Dolores esconde bajo su mirada la ternura maternal y la ilusión de la vida. Tiene la memoria limpia, clara y fresca como las cristalinas aguas de las lluvias de invierno arremansadas en el Negratín. De relato largo, ordenado, profundo y detallista. De extraordinaria mesura hasta el punto que te hace vivir fácilmente, de cerca, sus sueños, vivencias y quimeras como si tú fueses su misma sombra.

Nació entre los gélidos fríos invernales de un febrerillo loco del altiplano granadino “el veintiséis de febrero de mil novecientos sesenta y ocho, en Baza… pero soy de Bácor”, me dice dibujándosele en el rostro una sonrisa infantil al recordar aquella infancia suya, no tan lejana.

Mientras todo esto sucedía, en Madrid, Felipe de Borbón, heredero de la Corona veía los primeros rayos de luz de su vida; también en otro lugar de nuestro planeta el doctor Cristian Barnad, fallecido recientemente, realizaba el segundo transplante de corazón de la historia de la Medicina.

María Dolores es una de esas pocas personas que recuerdan y te cuentan, con todo detalle, sus buenos y malos tragos aunque siempre que encontró alguna espina en su camino, nunca se rindió y luchó con tesón por hacer realidad sus proyectos y sueños, sin esconder nada, nada, nada.

Después me cuenta con toda nitidez cuando se fue con dos años a vivir a Ibiza con sus padres porque “trabajaban allí todo el año. Estuvimos cinco largos años pero a mí nunca me gustó aquello”, me dice, reflejándosele, esta vez, en sus pupilas la nostalgia de un pueblo al que por su edad aún no conocía pero que anhelaba con todas sus fuerzas. “No sé si era porque pasaba mucho tiempo fuera de mi madre pues trabajaba todo el día, y mi padre también. Veía a mis amigas que estaban todo el tiempo con sus madres y yo, aunque quería, no podía estar con la mía. Siempre pensé que si volvíamos al pueblo los disfrutaría y viviría de otra forma”.

“Cuando yo tenía siete años y antes de comenzar el curso escolar, mis padres se plantearon venirse al pueblo, a la agricultura, pues ellos tenían tierras. Entonces pasé unos años muy buenos con mis amigas y mucha libertad que es de lo que yo tenía falta. Me iba a jugar con ellas y sin problemas de coches”.

Por todas estas razones, María Dolores siempre fue una niña con necesidad de cariño, protección y apoyo sobre todo en esas edades tan difíciles de su infancia y primera juventud y ¿por qué no? También pedía tranquilidad, paz, sosiego y mucho apoyo, aunque desde su más tierna edad dispuso de un maravilloso y certero instinto para conseguir rodearse de todo aquello que deseaba.

PRECIOSA ESCENA DE LA PIEDAD

María Dolores valora la amistad en su justa medida, con mucho cariño y sapiencia, porque sabe por experiencia que es uno de los dones más enriquecedores que pose el ser humano. Pocas amistades y buenas ha sido siempre su lema, por eso intenta conservarlas al compartir la suya con los pocos afortunados que ella misma elige. Por eso al recordarlas se transforma toda entera como por arte de magia y la felicidad le mana por todos los poros de su piel mientras sonríe y…”Adela es íntima amiga mía desde siempre, incluso este verano pasado hemos preparado juntas una semana de vacaciones en La Manga. Aunque pasen dos años sin verla o tres da igual, porque cuando la veo parece que la vi ayer… a Mª Carmen que vive en Almería pero seguimos siendo las mismas…” y después de unos años “…a Elena y Paco, Tere y Eduardo, Rosa…”, que verdaderamente complementan su vida familiar y sentimental.

Los años de la escuela “los pasé en Bácor”, me dice recordando cariñosamente a sus profesores, especialmente a los de segunda etapa “…a Paco que me daba Ciencias y Matemáticas, y a Juan que me enseñó Pintura y Dibujo. Incluso vinieron a mi boda y todavía conservo sus números de teléfono”, me dice con la satisfacción reflejada en su cara. “Fue la época en la que empecé, en octavo, a hacer cosillas de teatro con Paco, que era un amante de García Lorca. Representamos la Venganza de Don Mendo, El Médico a Palos, La Casa de Bernarda Alba…”

“Mi hermano Antonio siempre ha sido una persona muy abierta, que no le cuesta hablar o hacer amigos y que me recuerda mucho a ti, me dice con la serenidad reflejada, esta vez, en su mirada. Era el que movía todo y además le gustaba muchísimo”. Por unos instantes noto que le cambia el semblante y sus palabras reflejan nostalgia y hasta un enfado infantil delicioso. “A mi no me dejaba participar; sólo me permitía hacer de apuntadora. Decía, que como era su hermana… La verdad es que me trató un poco mal”. Después de una pequeña pausa respira con profundidad, como si se le hubiese olvidado ya todo y sonríe moviendo un poco la cabeza afirmativamente “…a mí me daba mucho coraje pero entiendo ahora, que teníamos que respetarlo. Él tiene cinco años más que yo”

María Dolores defiende, entre otras cosas, la sinceridad y la honestidad a capa y espada, consiguiendo casi siempre, llevarlas a la práctica; esto le ha convertido, naturalmente, en una mujer madura con una dimensión humana digna de elogio, dotada, de una naturalidad y una sencillez exquisitas, y aunque su impaciencia, muchas veces, le juegue malas pasadas sobradamente sabe que la paciencia es amarga, pero con el tiempo su fruto puede ser muy dulce.

Después de terminar la Educación General Básica, María Dolores estuvo estudiando, en Baza, los cinco años de Administrativo. Allí conoció a José Manuel, el que sería después su marido. Los cambios producidos estos años en ella marcarían y perfilarían notablemente su personalidad actual, produciéndose en su inicio un choque importantísimo entre su joven pretérito y el futuro que se le vino encima de golpe. “Como a mi marido no le gustaba estar en Bácor tenía que venirme yo siempre a Cuevas con sus amigos. Me costó mucho, mucho, mucho”, - me dice matizando profundamente sus palabras - “Tuve que dejar a mis amigos por los suyos, que eran gente mayor. José Manuel me lleva siete años y en aquella época yo era una niña de diecisiete y ellas eran mujeres casadas. Era mucha la diferencia en esos años. A mí entonces, me apetecía ponerme a bailar y dar saltos. Hoy, la verdad, es que los quiero a todos muchísimo”, me dice mientras en sus pupilas se refleja la sinceridad de sus palabras y los verdaderos sentimientos de amistad que siente por todos ellos, se lo noto casi sin que ella se dé cuenta.

“Me casé el quince de abril del noventa y me costó muchísimo adaptarme. Estaba como perdida y no me situaba. Sentía vergüenza al salir a comprar, por eso me iba a mi pueblo porque allí todo me era más fácil. Es verdad que me costó muchos años acostumbrarme. Yo sufría en silencio, por eso tenía fama de ser muy seria; incluso mis amigas me decían que me veían muy rara y hasta me preguntaban, ¿por qué vistes así?”

Después de una breve pausa le pregunto por el origen del apodo de José Manuel, su marido. “No me molesta que le llamen Grifo ¿Por qué me va a molestar a mi si no le molesta a él? Verás, parece ser que en la escuela se le reventaban frecuentemente las narices y sangraba mucho. Entonces alguien dijo: ¡Mira, parece un grifo! Y de ahí le viene todo, no tiene otro sentido”.

María Dolores, a veces, parece vivir en un sueño maravilloso sin importarle el tiempo ni nada, sintiéndose inmensamente feliz y especialmente protegida y segura en ese microcosmos que ella misma se ha fabricado como si fuese una pequeña partícula flotando en el espacio y es allí donde repasa una a una sus vivencias, cuitas e inquietudes como si aquel lugar fuese su santuario o fortaleza privada y aunque el tiempo sea, algunas veces, su peor enemigo ella sabe muy bien que a la larga será su mejor aliado porque casi siempre encontrará un final feliz y perfecto a sus dudas e indecisiones, aunque en su inicio todo esto parezca una auténtica utopía.

“La verdad -me sigue contando- es que integrada no estaba en ninguna actividad del pueblo porque en realidad no había ninguna. Si hubiese habido una sola me hubiera sido más fácil, por eso eché mucho de menos el teatro que hacía en mi pueblo con mis amigos de siempre. Poco después cuando mi hija Gloria fue al cole me relacioné más y cuando estuvo en primero, comencé a preparar el teatro de Navidad y los Carnavales para todo el Colegio”.

Maria Dolores, por un momento, me mira y me dice con énfasis: “Fíjate si lo echaba de menos, que deseaba ardientemente tener una oportunidad para poder hacer algo. Actualmente soy la vicepresidenta del APA y me gusta estar metida y participar. ¡Ahora ya sí considero a Cuevas del Campo mi pueblo!”, me dice con una sonrisa fresca, lozana y llena de satisfacción.

ENTIERRO DEL NAZARENO
Después de una breve pausa cambio el tema y le pregunto: ¿Cuándo supiste que estábamos preparando El Drama de Pasión?. “Fue de casualidad, después del verano del dos mil en una reunión que se hizo en el Ayuntamiento. En un principio me sonó a chino porque no tenía ni idea. Allí me explicaron el proyecto que había. Al final cuando se me dijo si estaba dispuesta a entrar en algún grupo de trabajo dije que sí, y si era posible en el grupo de actores o figurantes. A partir de entonces no perdí el contacto con vosotros porque me interesaba y me gustaba mucho la idea”.

Después, al preguntarle que pensó cuando yo mismo le informé de que haría el papel de María en la representación, me contestó diciendo: ”Me quedé fría, sin reacción; pensaba que era un papel muy importante y de mucha responsabilidad. Aquella misma noche hablé con mi marido y le dije que no sabía si sería capaz de hacerlo bien. Él me contestó que no me preocupara, pues había ensayos y que me daría cuenta, poco a poco, de que sí podría hacerlo. La verdad es que estaba muy ilusionada aunque en un principio me preocupó pues el personaje era de mucha responsabilidad”.

María Dolores es una mujer, aparentemente con los pies en el suelo, pienso yo, y aunque es capaz de llevar su fantasía hasta extremos increíbles también sabe descender bajo tierra para hacer frente a sus propósitos, por eso, cuando le pregunto que pensó cuándo leyó el guión y vio que la Virgen María no aparecía en él, me mira por un instante, sonríe y luego me dice: “Sí; la verdad es que se me fue la moral por los suelos aunque lo que menos me preocupaba era que hablara o no. Yo, cada sábado, dejaba a mis niños en Bácor para que no me molestaran y después del ensayo por la noche los recogía”. (Como información para nuestros lectores, aclaro que se incluyó dentro del guión la escenografía de María, pues el evangelista San Mateo en ningún momento incluye el nombre de la Madre de Jesús en su Pasión. El que sí lo hace es San Juan)

“Para mi no había excusas. Si tenía que hacer algo, lo dejaba para el día siguiente. Lo planificaba bien para no perderme ningún ensayo. Por eso estaba deseando que llegaras tú, que eras el director, porque estaba deseando que alguien me dijera lo que tenía que hacer y cuando se me dijo, pensé que verdaderamente eso era lo que yo sentía.

“Cuando, el segundo día subí a la loma lo viví, lo representé y pensé lo bien que me sentía. Me gustó. Eso mismo era lo que a mí, como madre, me apetecía hacer, acariciarle los pies, abrazarme a la cruz”.

Y por fin llegó el Jueves Santo, el día del ensayo general fue cuando enlazamos todas las escenas y más que dudas tenía un poco de miedo; fue el día que más nerviosa estaba incluso más que el Viernes Santo, porque tenía miedo a que este gran proyecto no saliera bien. La verdad es que yo no dormí en toda la semana. Me pasaba las noches subiendo a la loma, abrazándome a la cruz, desmayándome… Lo pasé muy mal, de verdad”, me dice reflejándosele el estrés y el cansancio de aquella semana interminable de ensayos; luego continúa contándome “… pero este año si Dios quiere y puedo representar el mismo papel, supongo que estaré más tranquila, porque el año pasado, como he dicho antes, lo pasé muy mal.

Fíjate que mi madre me decía: pero hija mía que cara tienes. No tenía ganas de nada, ni siquiera de ver a mis niños, ni de hablar con nadie y con una sensación de gran tristeza por dentro. Aparte de la preocupación y de los nervios, tenía muchísima pena. De verdad que lo pasé mal”.

Pero para María Dolores, como para todos los cueveños, las satisfacciones y alegrías no tardarían en llegar, porque no podemos olvidar que la alegría, casi siempre, es el paso del ser humano de una perfección menor a otra mayor.

Después de unos instantes, al preguntarle también por sus vivencias el día del estreno del Drama me contesta: “Ese día, pensaba yo, que estaba muy tranquila, más calmada; en fin, que estaba muy bien pero cuando llegó el momento de salir a la calle recuerdo que tú como director empezastes a hablar de que tu sueño y el de este pueblo era este proyecto y que hoy terminaba. Que lo hiciéramos todo lo bien que pudiéramos… y que había muchísima gente esperándonos en las calles. La verdad es que esas palabras me emocionaron y no pude contener las lágrimas, fue una emoción enorme, sin duda”.

Cuando te pregunto por la escena que más le impresionó y la que más le gustó, sin lugar a duda me contesta: “Cuando subía sola por la loma hacia la cruz, oía a Alfredo Kraus cantando en todo momento: desde una loma del sendero, la Virgen caminante.. me emocionaba mucho y cuando escuchaba esas palabras me desbordaba y no veía ni el camino”.

“La escena en la que yo llego a la cruz es la que más me gusta. Cuando le abrazo y le acaricio los pies. Es que en cada momento lo sentí como si fuera mi hijo de verdad. Al final me impresionó muchísimo cuando encima del calvario abrí los ojos y miraba a todos sitios. Veía gente en todos los rincones y en todos laos y pensaba ¿qué ha pasao aquí?. Después aquellos aplausos. Fue una satisfacción enorme”.

Después le vuelvo a preguntar: Maria Dolores, ¿Qué ha quedado en tu vida de la Pasión? Me contesta que “… satisfacción y en todos los aspectos. La gente me para por la calle desde el día siguiente, me saludan y besan con mucho cariño, se me echaban a llorar y yo, muchas veces, con ellos. Estaba constantemente con la lagrimilla. Para mí eso ha sido muy grande, mucho. El recuerdo es ese”, me dice con la emoción asomada a sus pupilas. Después continua “me ha servio también, para que la gente me conozca más y a mí, para que conozca más a la gente que antes sólo decía hola y adiós; yo nunca había cruzao una palabra con ellos. Ahora voy por la calle, miro a todo el mundo y digo adíós, pero de otra manera”.

Sin duda la representación del Drama ha servido para muchas cosas en Cuevas del Campo, pero lo que nadie puede negar es que hay un antes y un después en el pueblo y naturalmente en María Dolores. “La Pasión me ha ayudado a cambiar en todo. Me he dado cuenta que soy más sensible de lo que yo creía. Ahora me emociono fácilmente. He pasado del anonimato a ser conocida por todos. La verdad es que me siento muy bien, pero no se me ha subido la fama a la cabeza. Además, tú nos inculcaste siempre, que todos éramos un grupo y que por encima del grupo no era conveniente que destacase nadie. Yo no me lo tomé como un trabajo personal sino como el de todo un equipo de personas y por eso todo funcionó tan bien”.

En un momento determinado, y como siempre hago con mis entrevistados le pongo en aprietos preguntándole, así de sopetón. María Dolores, ¿cómo eres tú?. Por un momento hace una pausa, me mira fijo a la cara, y me dice: “Me considero una mujer tranquila aparentemente. Cuando estoy nerviosa me controlo y suelo controlar las situaciones. También soy tímida porque tengo la sensación de hacer el ridículo. Sé que doy la imagen de seria, pero lo soy menos de lo que mi imagen da. Soy sencilla porque me conformo con pocas cosas. No necesito mucho para ser feliz. Con un pequeño detalle soy la mujer más dichosa del mundo”.

María Dolores, ¿te atreverías a declararnos algún defectillo tuyo? “Que soy muy impaciente – me dice con toda naturalidad y rapidez - La verdad es que no tengo paciencia para nada. Luego me doy cuenta y me da mucha rabia, no lo puedo evitar, pero me arrepiento”.

Ya para finalizar, María Dolores me dice poniendo esta vez el semblante serio: “La Pasión no se puede perder nunca en nuestro pueblo. Tenemos que seguir representándola siempre, como sea. La verdad es que yo ya estoy deseando que llegue la Semana Santa otra vez y los ensayos también”, me dice mientras los aromas culinarios cueveños empiezan a abrirnos un poco el apetito y deleitar nuestros sentidos.

Finalmente, nunca podremos olvidar que Alfredo Kraus ha hecho posible que nunca olvidemos a María Dolores, subiendo la loma de Parejo con los brazos en alto hacia la cruz, cantando: “Desde una loma del sendero / la Virgen caminante de la silueta del madero / y al Hijo agonizante / y llora su callado tormento con un lamento / que no puede vencer. / Es el grito desgarrado, arrancado / a su carne de mujer. / Divina estrella sobre la huella del humano dolor. / Triste camina, camina llorosa / la Madre Dolorosa del Redentor”.

Cuevas del Campo, en mi casa, 26 de agosto de 2.001

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