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jueves, 16 de abril de 2009

LA TRILLA EN 1958 (CUEVAS DEL CAMPO)

TRILLANDO

AVENTANDO

ESCENA DE UNA TRILLA CON DOS TRILLOS

Hoces segaron su vida,
la noche ocultó su llanto,
al alba, húmedas las espigas,
en la era, paja, grano,
en la era, al fin...la trilla
J.J.R.


JULIO de 1958.

Aun no ha hecho el sol su aparición y ya promete el día ser caluroso. Me sitúo con mi cámara del recuerdo sobre la era del “Tío Pedro”, una era de las más grandes del pueblo en la que ya, a tan temprana hora, se afanan varios hombres en la labor de desliar con sus horcas, fila por fila, ciento cinco haces de mieses del trigo, dejando tras ellos la denominada parva, lista para meter los pares de mulos con sus trillos en cuanto el sol caliente lo suficiente las mieses, secando la correosa humedad del rocío de las mismas.

Van llegando los pares, como se les llamaba en el argot local a cada pareja de caballerías. Son cinco los pares que van a trillar hoy en esta era. Esto da muestra de la opulencia económica del dueño de la resma. Año tras año; sus cosechas se cuentan entre las mejores de sus convecinos.

Cuatro pares enganchan trillos de pie, el quinto irá tirando de un trillo de rulos, utensilio este que, al ir provisto de cilindros o discos metálicos dentados, favorece e1 troceado de la dura caña de trigo. Da comienzo la trilla. Las caballerías van girando siempre en sentido inverso al de las agujas del reloj. El ruido que producen las patas de 1as bestias y los trillos sobre las mieses durante la primera media hora difícil cualquier comunicación entre los trilladores, pero no impedirán que se cumpla con el rito tradicional, que consiste en que aparezca el dueño de la parva con una botella de aguardiente provista de una caña. EI hombre se sitúa a la orilla, y uno a uno, los muleros irán haciendo 1a parada de rigor, dando un tiento a la botella y entonando el cuerpo para combatir mejor los efectos del tórrido sol del verano.

Ha llegado el momento más duro de la jornada: la primera vuelta de la parva. Se trata de dar vuelta a las mieses con horcas. Al encontrarse aquellas fuertemente aplastadas y por bajo hallarse enteras aún, el trabajo es arduo y pone a prueba a los más flojos, ya que siempre hay algún "machote" detrás que intenta enterrarles los pies con su horca.

Durante la siguiente vuelta, se aprovechará para mandar las caballerías al agua, cosa que harán los chiquillos acompañados de algún hombre mayor, yendo al pilar o abrevadero que hay al principio del paseo.

Llegada la hora del mediodía, se “desengancha" partiendo cada uno con sus bestias hacia su casa, donde repondrán fuerzas personas y animales.

La tarde, segunda mitad de la jornada, se caracteriza por su tono en cierto modo festivo. Cuando los rayos del sol van declinando algunas muchachas vecinas del lugar se sientan a la sombra, próxima a la era. Todas ellas portan alguna labor manual con la que entretener la tarde.

La llegada de las chicas produce una grata reacción en los jóvenes, miradas que se cruzan con las recién llegadas, sonrisas y piropos por parte de algún joven. Mudos mensajes entre ese muchacho y la chica de sus sueños, pues aún no han tenido ocasión de traducirlo con palabras. Todo ello aumentado en la proporción que entraña la dificultad de relación de esta época.

-¡Eh, muchachos, venir para acá!
-¿Qué quiere usted, Tío Pedro?
-Venga, que cada uno me va a hacer un mandao. Tú a lo de la Tía Torcuata, y tú a la bodega. ¡Volando!

A1 rato, vuelven los chiquillos. Uno con una garrafa de vino y el otro con una cesta llena de garbanzos tostados. ¡cómo estaban los garbanzos de la Tía Torcuata! Recién hechos, aún calientes, con su sabor, a yeso, eran un aperitivo muy apreciado.

Seguidamente sale a la era el Tío Pedro con un porrón de cristal de los que se bebe a caño, lleno de "vino, y un plato de garbanzos a rebosar. Como ocurrió durante la mañana, los muleros irán parando, dando un toque al porrón y llevando consigo un puñado de garbanzos. Esto se repetirá varias veces a lo largo de la tarde. EI ambiente empieza a caldearse, no por el efecto del sol, que ya calienta menos, sino por el "morapio" que están ingeriendo los trilladores. El trote acompasado que han llevado los mulos hasta ahora comienza a parecerles lento a los muchachos. Más de uno presume de tener un par de mulos jóvenes, fogosos, y nunca mejor ocasión para demostrarlo. Los látigos restallan. Del rápido trote, alguno pasa al galope.

El resto no tarda en imitarle. El peligro es manifiesto en la era. El dueño manda retirar el trillo de rulos y enganchar uno de pie. Las mieses, lo que necesitan ahora, es machacarlas con los cascos de los animales. A tal efecto, enganchan alguna yegua al cabo de un par. La emoción sigue creciendo, los gritos y risas de las chicas envalentonan aún más a los héroes del ruedo. No falta algún susto o desgracia. El resbalón y posterior caída de una bestia provoca la inmediata colisión de varias más, que se amontonan profusamente.

La física lo dice bien claro: un objeto moviéndose en círculo a excesiva velocidad corre peligro de salir por la tangente. Allí nadie hace caso a la física. A uno de estos bravos le ocurre inesperadamente. Un par de mulos jóvenes, casi adolescentes como el que los dirige, sale de la era a galope tendido en línea recta, provocando un grito unánime de los asistentes. Ha tenido suerte el muchacho, pues el camino que han cogido los animales es medianamente llano, y tras salir despedido del trillo, se saldó la cuestión con una voltereta y heridas leves. Los mulos, enloquecidos, recorren un buen trecho del pueblo antes de ser devueltos a la era.

“Bueno, no ha pasado nada, gracias a Dios" -comenta el Tío Pedro-, pero su preocupación se centra ahora en una creciente nubosidad que apareció hace un rato por la cumbre y va tomando proporciones amenazadoras. Si llegase a descargar la tormenta sobre la parva, podría decirse que se echaría a perder el trigo, e incluso la paja.

Los muleros, conscientes de ello, jalean a las bestias con ánimo de terminar cuanto antes, pues una vez recogido en un montón, par su propia forma piramidal, los daños, en caso de lluvia., serán mínimos.

Nubarrones negros, acompañados de aparato eléctrico hacen crecer el temor. Acto continuo suena un fuerte y desgarrador trueno que hace decidir al Tío Pedro mandar desenganchar y recoger la parva, pues las mieses, además, están prácticamente hechas. Inmediatamente se preparan dos pares de mulos a los que se les enganchan sendos palos largos y gruesos.

En una situación de emergencia como ésta, la solidaridad es espontánea: acuden vecinos sin distinción de edad o sexo. Todas las manos son válidas: los hombres suben varios en cada palo, mientras otro tira de las riendas de los mulos arrollando las mieses desde las orillas hacia el centro. Mientras tanto, ancianos, mujeres y niños ayudan. Bien empuñando un rastro u horca o las escobas con las que barren la era hasta el propio montón.

Como hecho anecdótico referente a la solidaridad, cabe reseñar que, en alguna ocasión, se ha dado el caso de que vecinos que no se hablan desde años acuden a echar una mano ante la proximidad de una tormenta.

Justo en el momento de terminar la faena, desaparecen de allí sin saludar apenas. Todo un ejemplo sobre cultura de convivencia de un pueblo. Mucho ruido y pocas nueces. Sólo cayeron cuatro gotas, pues un cambia de dirección del viento ha desvanecido la nube.

El Tío Pedro convida una vez más a los presentes, agradeciendo a todos su colaboraci6n y dando por terminada felizmente 1a jornada.

P.D: Una fuerza misteriosa me transporta a media tarde, como por arte de magia, a una era pequeña en la parte alta del pueblo. Mi cámara, obediente a esa fuerza, y para mostrarme que existen varias clases de trillas, registra las imágenes de un abuelo trillando con un par de burras sobre una minúscula "parvilla". Sentada a la puerta de la cueva, le dice su esposa: "Pepe, si quieres, te relevo un poco, que tú no estás para muchos apretones "Déjalo mujer- contesta el marido-, ¿ves que la burra que llevo a la mano está más vieja que yo y to su querencia es irse pa la cuadra, y a ca momento tengo que darle un descanso? ".

Bellas imágenes. a pesar de su humildad y pobreza. pues tras ellas subyace un fondo de grandeza. mezcla de paz, amor y orgullo de las pequeñas cosas conseguidas con el propio esfuerzo y sudor de la frente.

Juan José Rodríguez Muñoz (Alicante)


TRILLA DE AGOSTO

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