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martes, 19 de mayo de 2009

DOLORES HORTAL MONTOYA

DOLORES HORTAL

PLAZA DE SAN ISIDRO

“Ser, nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.
¡Con la esencia en silencio
tanto se identifica!"
(Jorge Guillén)


Dolores nació en la primavera cueveña de mil novecientos doce, un día después de la Encarnación; “el veintiséis de marzo”, cuando los árboles frutales y las flores silvestres de nuestro pueblo florecen descaradamente por doquier, convirtiendo nuestras cañadas en verdaderos cuadros vivientes de Rembrant y expandiendo mágicamente de perfumes primaverales la atmósfera y el entorno de nuestros campos, lomas y cañadas, mientras multitud de insectos se impregnan y embriagan anárquicamente de polen.

“Nací en esa cueva de ahí enfrente, -me dice Dolores girando su cabeza y orientándome con su brazo- donde vive Josefina la Raspaja. La compró mi abuelo para dársela a mi padre cuando se casó con mi madre y luego se la vendimos nosotros al padre de Josefina”.

De la escuela me cuenta que “estuve muy poco tiempo. Yo tenía cinco o seis años. Aprendí a leer y escribir y ya está. Tuve dos o tres maestras en muy poco tiempo. Recuerdo que había una que se llamaba Dª Carmen, que era buenísima. Me regalaba unas tarjetillas dibujadas y escritas por ella misma. Yo la quería mucho, me dice con nostalgia. Luego ya después, hubo otras pero ya no me acuerdo bien de ellas. También nos enseñaban a hacer cosillas de primores y toas esas cosas de punto”.

Después de pasársele la intranquilidad que supone ver mi grabadora constantemente a su lado, Dolores se serena y comienza a contarme con toda tranquilidad sus cosas de siempre. “Entonces era yo muy jovencilla y hasta que me casé, con veinte años viví yo, en la cueva esa. Llevaba de novia con mi marido más de dos años. Entonces las cosa eran así”.

Por unos instantes, Dolores hace una pausa lenta, respira y después continua hablándome con esa resignación y elegancia que le da la solera de sus casi noventa años. “Allí, en esa cueva, murió mi padre cuando tenía yo veintiséis meses”, me dice debilitándose, esta vez, un poco la voz y apareciéndosele por un instante, nítidamente, la soledad y la sensación de tristeza en sus pupilas transparentes.

¿Recuerda usted el día de su boda, Dolores? “¡Claro que sí! cómo no voy a acordarme. El cura que nos casó fue D. Ramón Lorente, que vivía en la casa de Calisto, que hay ahí al lao de la iglesia. Como hacía muy poco que se había muerto mi madre, y para no quedarme sola me fui a la casa de mi abuela un mes antes de la boda que era el tiempo que faltaba para casarme”.

“Recuerdo a Antonio el Sacristán -padre de los Sacristanes- que hizo un altar en la casa de mi abuela, y allí me casé. Ese día sólo estaban conmigo mis abuelos Gileno y Virtudes. También mi cuñá Eladia y mi cuñao Pepe, que fueron los padrinos. Esos cuatro fueron los únicos que estuvieron en la boda conmigo”, me dice mientras se refleja en su cara los recuerdos de aquella soledad en un día tan señalado.

Después de unos instantes suspira un poco, mientras la serenidad se impregna de nuevo en su rostro. “No hicimos boda ni na, porque como te he dicho antes, estábamos de luto. Ese día comimos una comida corriente sin que nos acompañase nadie más”

Dolores es una de esas mujeres que siempre portan dentro de sí, con dignidad y decoro, sus muchas vivencias que lenta y pausadamente han ido, siempre, enjugando y enriqueciendo su vida de buenos y malos ratos, hasta convertirla en un pozo de sabiduría, en un manantial de sapiencia popular desde hace varias generaciones. Por eso siempre supo y pudo estar serena ante la adversidad y los malos tragos, que de vez en cuando dio la vida, refugiándose especialmente en su familia a la que verdaderamente quiere y adora.

“Poco después pusimos panadería en el molino pero en la guerra se acabó to. Después subía yo a casa de mi cuñá Ana, la de Ramón el Culto, que vivía ahí en Cantarranas, donde ahora vive la Basi”. Recuerdo que iba ella en mi burra a por la harina y bajaba después el pan para nosotros y mis hijos. Entonces había hornos en muchas casas. Cuando vivía en el molino subía yo también al pueblo como de visita. Nos estábamos un día y luego pa bajo otra vez”.

Pero a pesar de todos sus muchos padecimientos y de su años, Dolores tiene su vida repleta de maravillosos recuerdos y entre frase y frase, me sigue contando sus cosas y anécdotas con deliciosas pinceladas de sonrisas y risas que brotan constantemente de sus adentros, como en aquellos felices años vividos en su juventud, junto a sus padres o años después, junto a sus hijos y nietos.

“Los domingos subíamos a la iglesia en bestias y cuando mis hijos eran grandecitos se metían en las agüeras, cada uno en una. Entonces no había coches ni na de eso. ¡Ah! Y en el cortijo teníamos conejos, palomas, cerdos... allí teníamos de to entero. No había que comprar na, más que el azúcar, el arroz o el pescao, pero lo demás era to de aquí”.

La guerra civil no sólo supuso para ella si no, también, para sus coetáneos una nueva y dura fase en sus vidas, llenas de intranquilidades y malos tragos, pero Dolores siempre fue una mujer de inteligencia rápida y de ideas claras, aunque en sus adentros estén marcadas, para siempre, las cicatrices de una contienda civil ingrata y desafortunada, teniendo que hacer de un día para otro, frente al timón familiar cuando “... le tocó a mi marido irse, también, a la guerra como a todos los de su quinta. Yo me quedé sola con mis tres hijos”, me dice con gran entereza y una paciente serenidad digna de alabanza.

“Luego me lo quitaron to, hijo mío, pasamos en un instante a ser mozos y ellos dueños, pero yo me quedé allí con mis hijos y mi suegro, hasta que la guerra terminó”.

“Como nosotros teníamos mucho, según decía aquella gente, se lo quedaron to. Ellos eran entonces los amos y se quedaron con el molino”.

“Cuando terminó la guerra vinieron muchos refugiaos de por ahí. A nosotros nos vinieron ocho y los mandamos arriba, a la cueva que teníamos. Allí estaba la matanza, el azaite y to. Entonces les dijimos: aquí hay comida pa tos, comer de lo que queráis. Al poco tiempo se fueron yendo y sólo nos quedó un matrimonio con dos hijos, que se hicieron cargo de la tierra y la trabajaron hasta que se fueron. Eran de un pueblo de Granada que le decían Cijuela”.

Con sus relatos, Dolores, me ha hecho contemplar muy cerca aquellos días que yo, por suerte, no viví; como si todo hubiese sido un mal sueño, aunque dentro de su alma siempre hubo un rincón para la esperanza como dice mi gran amigo José Moreno en sus versos:

“Quiero vivir el sueño
de soñar despierto.
Quiero soñar la vida de vivir soñando”.

Y así, Dolores, se enfrentó siempre a la vida, porque siempre fue una mujer de mano firme e inspiración profunda que vio en el trabajo diario y en la oración, el futuro que cada día reparte la providencia a cada generación; por eso recuerda y cuenta las maldades de aquellos días en pocas palabras, “Madre mía, aquellas gentes entraron en la iglesia y lo hicieron to tierra”.

Después de unos instantes, se le dibuja en la mirada la ternura, la satisfacción y la gran religiosidad que siempre portó dentro de su ser. “Después de to aquéllo, un día, el Tío Gregorio Gavino, -que le decían a su madre Trinidad- el Tío Camilo y mi marido, los tres, se fueron a Granada en busca de unas imágenes. Compraron primero a San Isidro y lo trajeron en un camión o en lo que aquéllo fuera. También compraron en aquellos días dos santos más: el Corazón de Jesús, la Virgen de los Dolores y finalmente nosotros compramos a San José”.

Dolores recuerda a todas sus amistades con cariño y mucha ilusión, y al preguntarle por ellas le cambia el semblante y parece ser otra mujer. “¿Sabes?, siempre he tenío muy buenas amistades. Las Arriagas y mis primos de parte de mi madre; una se llamaba Virtudes, otra Ascensión, otra Dolores, además otro Emilio como su padre, y Ramón... todos éramos amigos. Vivían ahí, en Cantarranas, en la cueva de la tía Melecia. Luego la compró mi primo Juan el de mi tío Daniel”.

Y las Navidades ¿Cómo las recuerda?. “Eran mucho mejor que las de ahora. Antes de casarme cuando yo era joven las pasaba muy bien con mis primos. Me gustaban mucho. Estábamos deseando que tocaran a las siete de la mañana para ir a las misas de aguilando. Eran preciosas y tocaban los músicos que había entonces. Los Tejas eran algunos de ellos y muchos otros”.

“Cuando terminaba la misa se iba cada uno a su casa y se comían allí dulces que hacíamos y alguna bebida. Las copillas de licor dulce las hacíamos también nosotras en nuestras casas, pero el coñá y el anís lo comprábamos en una tiendecilla que tenían los Montoyas de Zújar ahí al lao. Allí se compraba to”.

Dolores, ¿los carnavales se celebraban entonces?. “ ¡Claro que sí!, y era cuando más nos divertíamos. Nos vestíamos de máscaras y nos paseábamos por toas las calles. Para disfrazarnos nos apañábamos con lo que teníamos en casa. Nos tapábamos la cara con cualquier cosa y cuando íbamos a las casas nos destapábamos entonces, pero en la calle nadie nos conocía”, me dice con una sonrisa deliciosa.

Dolores es una de esas mujeres que te llega fácilmente al corazón contándote sus cosas -que son las nuestras- con esa sencillez y humildad que transpira constantemente por todos sitios, tanto que a mí me hace transportadme a aquellos duros años, como si el tiempo, por arte de magia, no hubiese pasado nunca.

Ya, para finalizar, le hago la pregunta de siempre, Dolores ¿Cómo es usted? “¿Qué cómo soy yo? -me dice esta vez mirándome a la cara, sorprendida por mi atrevida pregunta-: Verás, yo siempre he hecho lo que he podío por los demás. He sio de to, una persona, unas veces nerviosa y otras no tanto. Siempre he aguantao bien to lo que me ha venío”.

La mañana se nos ha ido pasado casi sin darnos cuenta. Como me ha contado tantas cosas interesantes y la veo un poco cansada le digo: Bueno ya termino porque me ha contado bastantes cosas. “¡Vaya que si te he contao!, más de las que en un principio pensaba yo”, me dice con esa satisfacción de ver que han acabado mis preguntas. Después se levanta y me acompaña hasta la puerta y me despide con esa sonrisa llena de amistad que siempre envuelve su entorno.


Cuevas del Campo, en su casa,13 de julio de 2.001 (Fallecida)

BARRIO DE TRIANA

BARRIO EL GORRIÓN


PANADERÍA LOS SACRISTANES

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