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viernes, 25 de octubre de 2013

AUGUSTO RULL RODRÍGUEZ, DESCANSA EN PAZ PARA SIEMPRE



AUGUSTO RULL RODRÍGUEZ

Augusto es como un gran edificio construido sobre armazón armado, que quizás se le puede hacer tambalear, pero eso sí, nunca derribar. Además de sincero, este buen hombre, es honrado y tozudo a la vez, pienso yo; dispone también de una gran firmeza en todo lo que dice y hace; es astuto, valiente, gran luchador y líder indiscutible, especialmente, en esos momentos delicados que a veces presenta la vida. Estas son sus virtudes o vicios, como cada cual quiera interpretarlo, pero lo que nadie podrá poner en duda nunca es el gran amor que siente por su familia, por sus amigos y especialmente por Cuevas del Campo, por eso el destino quiso ponerle, un día al mando del timón que dirigiría nuestro pueblo hacia la Segregación.
Augusto Rull Rodríguez nació el “dos de enero de 1.928” en nuestro pueblo, cuando las sierras de Baza y del Pozo se cubrían generosamente de nieve enviando, descaradamente, sus gélidos fríos a Cuevas y su entorno, en aquel lejano invierno cueveño de los años veinte.

PRESIDENTE DE LA HERMANDAD



PROCESIÓN SAN ISIDRO

De sus años infantiles recuerda, especialmente, aquéllos que hacía de “monecillo” cuando D. Ramón Lorente -el cura de entonces- “premiaba” las diabluras de Augusto y su amigos con abundantes y cariñosos “coscorrones”, “collejas” y tirones de “patillas” que hacían poner de puntillas al más pesado de aquellos chiquillos”.
“Fui el primer monecillo que hubo después de terminarse la guerra. Hice la comunión allí con D.Ramón Lorente Tortosa, que era muy bueno y listo. Haciendo cosas de relojes era el primero y el no va más -me dice Augusto dibujándosele en sus pupilas aquellos días felices de su infancia, junto a sus tremendos amiguetes: “Feliciano, Antonio y Pepito Carraco… El primero de todos fui yo; después entraron los demás. A D. Ramón le hicimos muchas fechorías: nos comíamos las hostias y nos bebíamos el vino”.
También le poníamos toas las sillas en ristra y luego el cura nos “templaba” y después de darnos tres o cuatro morrillazos allí, se quedaba tan contento”.
Después continua contándome que “en los primeros años hacíamos cada tarde veinticinco o más bautizos, porque con la guerra se tiró más de tres años sin bautizar a nadie. Nos daban una perrilla o una perra gorda, siempre según lo que tenía la familia del crío que se bautizaba. Luego nos gastábamos el dinero en comprar tabaco; con ocho o diez añillos ya fumábamos a escondillas, hasta “quintos” de aquéllos. Recuerdo que nos costaba a siete perrillas el paquete. Nos lo vendían en el estanco, que entonces lo tenían los padres de Onésimo, (Ana y Ramón Guevara)”.

AUGUSTO RULL Y GREGORIO EL LOCO (LA SEGREGACIÓN)


Es tanta la ilusión que siente este hombre por su infancia, que no para de contar y contar, una tras otra, gran cantidad de anécdotas infantiles que me permiten transportarme, fácilmente, a aquellas épocas ya tan lejanas, como si todo hubiese sido un sueño maravilloso.
¿Y de sus años mozos? le pregunto nuevamente, esperando tener tanta suerte como hasta ahora. “¡Cómo no! -me dice- ¡Recuerdo tantas cosas de joven! Yo era siempre el que dirigía la orquesta en toas partes”.
“En verano -me sigue contando- íbamos a bañarnos ahí a los aljibes viejos, por detrás del Mesón. Nos quitábamos los pantalones y como entonces no llevábamos calzoncillos, nos bañábamos en pelota. Lo hacíamos tos los mediosdías. De vez en cuando salían los guardas y nos pillaban. Entonces nos quitaban la ropa y nos hacían correr desnudos hasta la entrada del pueblo. Luego nos la devolvían, mientras nos decían que no volviéramos a hacerlo más.
Y las Navidades de aquellas épocas, ¿las recuerda? “¡Ya ves si me acuerdo! Aquéllas sí que eran Navidades y no las de ahora. To se empezaba sobre el día quince de diciembre y terminaba después de Reyes. Nosotros, toas las noches de casa en casa comiendo chorizo y vino, emborrachándonos, que nos emborrachábamos tos, pues entonces no se ligaba aún. Llegábamos cantando el aguilando a algunos sitios y si había chorizo colgao en las cuerdas aquéllas, mientras los dueños entraban a buscar la bandeja de los mantecaos pa invitarnos, cogíamos una tripa y la escondíamos dentro de los bolsillos para comérnosla, con vino, después, en otro sitio.
Aquéllo era el no va más -me dice mientras en su cara se reflejan aquellos días tan felices-. Y luego a bailar toa la noche en una cueva de aquéllas”.
Y de las Misas del Gallo, ¿Qué recuerda? “Aquéllo sí que era precioso. Antes que fuera de día, pues estas misas se hacían a las seis de la mañana, nos metíamos en la casa aquella donde vivía Calixto, que era del Tío Cárdenas que allí vivía. Toas las madrugás nos metíamos unas panzás de bailar, antes de tocar el último toque de Misa. Luego nos íbamos a la Iglesia a cantar villancicos. Después, al acabar, cada uno a su casa, a su trabajo y a sus cosas y el que no, pa la escuela.
La Lauriana y yo éramos los que montábamos los bailes. Recogíamos a las muchachas y a los muchachos y los llevábamos a la cueva que habíamos dispuesto pa bailar.
No teníamos música; nosotros cantábamos y así bailábamos, sin música. Aquéllo era muy divertío y lo pasábamos muy bien. ¡Digo si funcionaba aquéllo, vaya!”, me dice Augusto como si quisiera ponerme los dientes largos.
¿Qué recuerda de la escuela? “Yo siempre fui de los mayorcillos. De la que más me acuerdo era de la de D. Pedro y antes de otro maestro que le decía D. José Barea, que era cojo.
Un día, siendo yo chico, "hice novillos" y me pasé por la puerta de la escuela con una vara. Entonces la pasaba haciendo mucho ruido por los hierros de la ventana. Y yo, venga pasarla y venga hacer ruido. Luego, al día siguiente, cuando no hice más que llegar a la escuela, me dijo el maestro: Ven “acá pa cá”. Me pegó, aquel hombre, con la pata de una silla que tenía, tres o cuatro estacazos en el culo. Después no hice na malo nunca más”.

PUERTA REAL FRENTE A LA IGLESIA

Luego, ya vino D. Pedro Barranco López. Con este hombre sí que era yo el amo. Era irse el maestro y yo me sentaba en su sillón y les daba lección a los chiquillos más pequeños, en las cartillas aquellas. Yo con D. Pedro estaba siempre en la primera línea”.
Augusto, ¿recuerda cómo eran las matanzas? “Claro que sí, era lo mejor que se hacía en to el año. Se mataban los marranos y allí to el mundo a comer y a beber; a los chiquillos se les hacían su mejenderos. Aquéllo era la comida a mediodía, las migas a otro día pa toa la familia y por las noches la olla. El mayor trabajo eran de las mujeres, lavaban las tripas en las Pozas pues aquí en el pueblo no había agua y allí estaba calentica” y hacían los embutidos.
¿Recuerda también cómo eran las trillas? “La siega ya era más durilla. Primero se empezaba a segar, luego a barcinar con las bestias, a traer los haces que se hacían en tos los roales y cuando estaban toas en la era se hacían unas hacinas -se amontonaban- y ya después a trillar. Después se extendían las parvas por la mañana y ya con los pares de mulas, según lo grande que era la parva, se pasaba to el día trillando allí con las bestias, siempre a tope. Por la tarde con el vino y los garbancillos tostaos y sobre to, trabajando muncho”.
“Luego a ablentar con la horca si hacía aire; después con las máquinas aquéllas. Tenían una manivela y se le daba a aquéllo pa que fuera cayendo el trigo a su sitio y la paja se volteaba por detrás. Aquéllo era distraído pero mucho más gordo, muchísimo más trabajo. Y luego encerrando el grano en los costales se iba llevando a los atrojes y la paja a los pajales, pa echarle luego, to el año a las bestias. To de sol a sol, mejor dicho: antes del sol a sol”.
“Entonces se disfrutaba poco en la vida, pero en fin, cuando éramos jóvenes pues sí, porque por las tardes cuando terminábamos la trilla nos bajábamos aquí a divertirnos. Recuerdo que una noche estábamos cuatro o cinco y decidimos ir a buscar unos melocotones que tenía ahí el Tío Poyoyo, pero ese día estaba regando. Nosotros no lo vimos, así que entramos a por los melocotones y entonces salió aquel hombre dando gritos. Tuvimos que tirar por el medio del bancal. Hasta las alpargatas se nos perdieron. Fue el no va más”.
Augusto ha sido siempre un hombre preocupado por el pueblo, siempre dispuesto a echar una mano por el bien de todos, por eso la Segregación no sólo no le pilló en fuera de juego sino que le tocó llevar, con toda dignidad, el timón de la alcaldía en esos momentos tan importantes para todos, aunque a su lado un numeroso grupo de audaces cueveños escribieron con letras de oro los mejores momentos de la historia cueveña, la puesta de largo de nuestras Cuevas: la Segregación.



PUERTA DE MOLINA A LA IZQUIERDA Y LA POSÁ DERECHA
“Siempre he sio muy politiquillo -me dice mientras la sonrisa asoma, tímidamente, a sus pupilas. Me ha gustao estar en toas partes. Después de sufrir, de trabajar, de luchar, de ese cansancio agotador conseguimos, entre todos, segregarnos de Zújar y ser, por fin, independientes”.
Dígame, Augusto, ¿qué se siente después de haber trabajado con tantas ganas, con tanta ilusión, con tanto ahínco y haber conseguido después un éxito tan importante para Cuevas del Campo? “Se siente un regocijo mu grande después de pelear mucho en tos sitios. Nadie puede olvidar que la Segregación ha sío lo más grande que ha ocurrido en la historia de Cuevas. Pero a pesar de to ésto, todavía hay gente, de aquí del pueblo, que aún no ha valorao lo mucho que todos hicimos”, me dice conteniendo, esta vez sí, un poco su enfado.
Para terminar, dígame Augusto, ¿cómo es Vd?. Sin dejar tiempo para la pausa, me responde con toda honestidad. “Yo soy un hombre corriente. Un hombre que no soy interesao y que me llevo bien con to el mundo. Tampoco soy criticón. La gente de aquí siempre me ha querío muncho.
Finalmente y antes de terminar, no puede evitar el recordar a sus amigos de ahora. Por todo esto, me los va nombrando con todo cariño, uno a uno, con esa serenidad que le han regalado los años: Amador, Antonio Pérez, Pepiyo (el yerno de Amador), mi sobrino José María que lo quiero "muncho" y el a mí

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