EL AGUA ESTÁ DORMIDA EN EL MAR DEL NEGRATÍN

VÍDEO DE NUESTRA SEMANA SANTA VIVIENTE

SELECCIÓN DE IMÁGENES EN MAR DEL NEGRATÍN

ORIGEN DE MIS VISITAS

CALENDARIO CUEVEÑO DE EVENTOS Y ACTIVIDADES

jueves, 15 de octubre de 2009

PASTORA RUIZ SÁNCHEZ

Hace solamente unos días, recibía la triste y desagradable noticia. Pastora ya no está entre nosotros (108 años).

“¿Murió?…Sólo sabemos
que se nos fue por una senda,
!Oh sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña, a los azules montes…
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón reposa
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…”

(A. Machado)


Sirva de pequeño y emotivo homenaje la lectura, una vez más, de estos “Encuentros con…”, publicados anteriormente, llenos de vivencias e impregnados de cariño.

Desde donde quieras que estés, Pastora, deseo decirte que no olvidaremos, fácilmente, tu presencia en nuestras vidas porque, ahora más que nunca, ya sí formas parte de “la Memoria Histórica de nuestro pueblo”.

Con todo mi cariño y respeto. Descansa en paz para siempre.

PASTORA RUIZ SÁNCHEZ

PROCESIÓN DE SAN ISIDRO (1910)

ALCALDE, EL CURA Y LOS MAESTROS

DESDE LA MEDIA LUNA (1950)


“…y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar”

(A. Machado)

Su fragilidad y turbación aparentes se deshacen en cuanto toma la palabra para hablarme de sus cosas de siempre, con un delicioso y centenario acento cueveño atrapado en sus orígenes.

Bondad, dulzura, simpatía, junto a la frescura de sus ya muy lejanos años jóvenes, que se ocultan aún con toda nitidez y lozanía en sus adentros y se van desbordando con toda serenidad por los torrentes de reflejos claros y cristalinos que manan, generosamente, de sus pupilas trasparentes.

Y de corona, toda una centuria completa, preñada de ricas vivencias adheridas a su vida y plenas todas de ternura, cariño, y, sobre todo, un amor inmenso a sus ancestros y a su tierra.

“Nací el primer año del siglo, el siete de abril de mil novecientos uno, en la calle Expósito de Zújar”, cuando las flores silvestres del Jabalcón, -amapolas, manzanillas campanillas, malvas, impregnadas de fragancias frescas y lozanas, penetraban juguetonas impulsadas por las brisas de primavera entre las callejuelas de la localidad, mientras, en otros lugares de nuestro planeta Luís Buñuel y Walt Disney recibían en sus infantiles ojos los primeros rayos de luz.

“Yo soy la segunda Pastora. Tuve una hermana que nació el día de San Justo y Pastor, pero murió. Al poco tiempo nací yo y me pusieron también su nombre, pero no me gustó nunca. No me choca”, me dice varias veces, con toda firmeza, para que yo lo tenga bien claro. “Vivían mis padres en las Juntas y se subieron al pueblo pa que naciera yo allí. Luego nos bajamos de nuevo al cortijo.

Oyendo a Pastora veo que es una mujer de inteligencia rápida y sintética, a pesar de sus recién estrenados CIEN AÑOS. Entiende perfectamente, incluso a medias palabras, y disfruta de un sentido de la intuición delicioso, que podría ser la envidia de muchos.

“De niña jugaba con mis amigas a las chinas. Se ponían cinco; se tiraba una pa arriba…y entonces se hacía un puente con la mano; cuando se pasaban toas, una a una al otro lao, ya se acababa el juego. Yo no era muy torpe”, me dice mientras se le va dibujando una prolongada sonrisa en su rostro.

Su paso por la escuela lo resume en pocas líneas. “Nosotros como nos criamos en el cortijo, venía un maestro por allí. Se llamaba Cristóbal y era de Caniles. Me enseñé con él a las cuentas, a leer y a escribir. Yo no estuve en ninguna escuela. Fue en el río donde aprendí to lo que sé,” me dice desbordándosele la serenidad por doquier.

Después de una breve pausa la pregunto, Pastora, ¿qué comía su familia en aquellos años? “Se hacía entonces de to, bueno y malo. Lo que más gustaba en casa era la paella, la pepitoria y las albóndigas; éstas se hacían con pedacitos de jamón muy pequeños, pan rayao, güevos, perejil, especias… la masa se ponía en una fuente más o menos grande y se freía. Después se hacía el caldo con carne de pollo y un poquito de agua y se le daba un hervorcillo. Y sí, estaba bueno aquel guiso”, me dice con tal naturalidad que parece, por un instante, relamerse recordándome aquellos guisos.

Después, Pastora, me invita de nuevo a saborear con la imaginación un “Súbete al cielo”. -¿Qué es eso?-, le pregunto. “Eran pimientos secos que se enristraban otras veces. Mi madre alcanzaba una ristra de aquéllas; la hacía pedacillos, pedacillos, les echaba güevos cocios hechos rulajas y bacalao; luego los ponía a cocer. Y estaba bueno aquéllo, que no estaba malo. No sería comida de lujo, me dice con una mirada llena de sinceridad, pero que estaba muy bueno”.

Después de otra breve pausa, Pastora me sigue hablando de la deliciosa y riquísima cocina de su madre, escuela culinaria donde ella aprendió a ser una buena cocinera, que transmitió después con el mismo mimo y cariño a su hija.
“Otro plato muy bueno era el Ajo Blanco, que se hacía con habas, se picaban en el almirez con un poquito de agua y una cabeza de ajos. Si se trabajaba con una molla de pan mojá en vinagre no se "cortaba". Se le iba poniendo chorreancillos de aceite. Cuanto más se echaba, más aumentaba aquéllo. Luego se le ponía más aceite, el pepino y el agua fresca. Como había que trabajarlo bien se tardaba en hacerlo casi una hora. Mi madre sí que se pasaba tiempo entre las perolas porque tenía que cocinar pa mucha gente, claro”.

Al hablar de su pasado y de su cosas, a esta mujer se le ensancha la voz como si se alimentara, hoy día, de las vivencias de aquella época y me las va contando con tal naturalidad y sencillez, que me transportan a mí también al pasado como por arte de magia, como si un siglo no hubiera pasado nunca, cómo si todo hubiese sucedido ayer mismo.

Y de su boda, ¿qué me dice? “Me casé en Zújar un dieciséis de febrero. Iba vestida con un bonito traje negro; los zapatos negros también; una teja en la cabeza y una "toca grande". Entonces, en aquellas épocas no se vestían las novias de blanco, eso vino mucho después. Tampoco se estilaban los viajes de novios. Nos ponían nuestra casa y allí nos íbamos después de la boda”.

¿Y cómo lo celebraban? “Recuerdo que hicimos una comida, un refresco, con dulces y bizcochos que se traían de Baza. Todo esto lo celebrábamos el primer día. El segundo lo hacían los padres del novio y el tercero la madrina; por eso las bodas duraban tres días. Era una verdadera fiesta”, me dice mientras se le refleja la nostalgia en sus ojos.

La guerra, sin duda, fue un periodo desgraciado para todos nuestros antepasados; cada uno cuenta su vida desde un punto de vista diferente, pero la verdad es que todos lo pasaron muy mal. Hablando de este tema se le entristece profundamente el semblante, aunque hoy día ni siquiera tiene palabras de desprecio para aquéllos que le quitaron casi todo lo que tenía, porque es una de esas personas que ignoran la calidad del resentimiento y del odio, como buena cristiana que ha sido y es. Hoy me cuenta aquellas vivencias como puras anécdotas, adornándolas, algunas veces, con sonrisas, como si estuviésemos viendo alguna película de Charlot, pero en el fondo su mirada se impregna de dolor y tristeza al recordar aquellos miserables días.

“La guerra nos pilló en el cortijo de La Juntas. Nos quitaron to lo que teníamos y nos echaron de nuestra casa cuando estábamos en el río. Nos tuvimos que ir con mi madre que vivía cerca del cortijo. Después, cuando se acabó la guerra recuperamos la casa, pero vacía.”

Desde niña, Pastora, aprendió, a hacer de la necesidad una virtud; desde entonces se crece ante la adversidad utilizando magistralmente su condición de mujer. “Recuerdo que en el año diecisiete, siendo yo una cría, hubo una gran epidemia y se moría mucha gente aquí y en Zújar. Estábamos muy asustaos. Un día hubo once entierros. Había casas que se cerraron porque se murieron tos. No quedaba nadie”.

Después de una pausa me recuerda también, con gran precisión, el origen de la fiesta del Santo Ángel. “Hubo una plaga de grillos en verano. Me acuerdo mu bien cuando vino la langosta, pues yo tendría unos dieciocho años. Eran de tamaño mediano y se comían las plantas, los pimientos, los tomates, los pepinos y to lo que había. Encontrabas grillos por tos sitios. Teníamos montones de trigo ablentaos con la horca y el aire y en poco tiempo se taparon los montones con aquellos grillos.

Luego, gracias a Dios, se acabó aquéllo, pues trajeron unas latas que se le echaban a los grillos y se morían. Así se acabó la langosta. Desde ese día se celebra el Santo Ángel haciendo una barbaridad de roscas que daba el vecindario pa to el pueblo”.

Además de ser educada, romántica e idealista, esta mujer, también es una persona enérgica y muy creativa. “Siempre pasábamos el tiempo haciendo algo. En el verano íbamos a arrancar garbanzos, habichuelas y to esas cosas. En los ratos libres yo hacía ganchillo. No es por hacerme el honor, pero se me daba mu bien to esto”, me dice mientras me enseña un precioso bordado hecho por ella con mucho gusto.

Parece imposible y aunque más de uno se sorprenda, Pastora aprendió a tocar, en sus años jóvenes, el acordeón con destreza y perfección, amenizando, muchas veces, aquellas largas veladas familiares con música y canciones, haciéndolas mucho más llevaderas y agradables. “Mi padre me compró un acordeón y lo sabía tocar yo mu bien, -me dice perdiendo esta vez un poco la timidez-. Tocaba en algunos bailes e íbamos a Carramaíza. La canción que oía cantar, la sacaba yo después del acordeón. A la gente le gustaba mucho el “Tira Pepe, tira Juan, tira que tira…”.

Pastora es un pozo de sabiduría. Lo recuerda todo y con precisión, que es lo que más sorprende cuando se tienen cien años nada más y nada menos; me lo cuenta todo como si eso hubiese sucedido ayer mismo, como si el tiempo se hubiese detenido y estuviésemos aún en el pasado, como si el presente se hubiese mezclado con el pretérito. Por eso me habla “de las fiestas de Moros y Cristianos, que duraban tres días -y esperaba siempre- con mucha ilusión”; del “marranico de las Ánimas”; de “las Navidades y las misas del gallo”; de “las cencerrás que se daban a los viudos”, aunque “yo no fui a ninguna” -me dice-; de “cuando llegó la luz, por primera vez a las casas, había un vecino empeñao en encender el cigarro en la perilla y como no podía quería borrarse de la Compañía de la luz”; de cuando compraron por primera vez “un arradio por tres mil pesetas, se juntaba en mi casa los sábados un gentío a oír la Fiesta en el Aire; de la primera vez que vio un coche, “fue hace mucho tiempo. Era de los Montoyas y muy pequeñico. Fue el primer coche que vino aquí a Cuevas. Se nos figuró una cosa mu buena y dicen que se viajaba muy a
gusto, aunque yo no me subí nunca en él. Ahora no tiene nadie bestias ni na. To se hace en coche”.

Pastora Ruíz es de naturaleza generosa y llena de vitalidad. Su razón de ser está en su entusiasmo, que siempre le empujó a la acción y a ser lo que siempre ha sido, una mujer maravillosa. Después, cuando le pregunto cómo es ella, me mira rápido a la cara y al instante, bajando la mirada con timidez a su regazo me repite la pregunta, “¿qué cómo soy yo?. Desconcertada por mis palabras tan directas, espera unos instantes buscando la serenidad; después me contesta: “yo creo que no soy mala porque soy caritativa y el bien que puedo hacer a cualquiera se lo hago. No he sio muy nerviosa, más bien tranquila. Pocas veces me he enfadao yo. Además mi hija era buena y no ha dao guerra; dan más los nietos aunque son muy buenos y me quieren mucho. Además he sio muy amiga de toas las mujeres de aquí. Tenía once primos hermanos y tos eran amigos míos”.

Pero lo que no puede olvidar, Pastora, es a sus amistades de siempre; las recuerda a casi todas con un cariño sincero y profundo, incluso a sus años sigue recordando sus nombres, “…a Mariana que era hija del Tío Agustín el Moyón, a Inocencia la del Tío Jesús el Nene, y muchas más de to el pueblo…”, me dice llenándosele, una vez más, los ojos de recuerdos y cariño.

Hoy, sin duda, Pastora sigue siendo una mujer encantadora y como si yo fuera un amigo de siempre, me va degranando sus vivencias, anécdotas, recuerdos y nostalgias. Ríe, me recita, declama y canta, sin ningún rubor, mientras, yo, voy sacándole cariñosamente, una a una, las mil respuestas de sus adentros, permitiéndome, además, compartirlas con ella. “…a los cuantos meses dijo Dios, voy a ver cómo anda aquel que lo convertí en rana…y le dijo: ¿A dónde vas?. Y entonces le contestó: si Dios quiere a Zaragoza. ¿Y si no quiere? Si no quiere al charco”; me recuerda sus años mozos, llenos de sonrisas y risas deliciosas… y sigue y sigue…”Josefina la Rubiales es una chica muy fina, que se va por los trigales en busca de las gallinas…”.

La tarde ha empezado a declinar con sabores navideños. “He probao esta Pascua a cantar villancicos pero no me salía la voz del cuerpo”, -me dice escapándosele, esta vez sí, el rubor por sus “pupilas transparentes”.

A pesar de su longevidad, Pastora Ruiz, es hoy una deliciosa y centenaria mujer que aun mantiene muchas de sus facultades frescas, limpias y nítidas como las prófugas aguas del Guadalentín escapadas del embalse de la Bolera y retenidas, mucho tiempo, en el Negratín.


Cuevas del Campo, en su casa. (Fallecida) 5 de enero de 2.001
(La Gente Güena, 2002)



PUERTA DE LA PUERTA DONDE PASTORA VIVÍA

SAN ISIDRO (1954)

PUERTA REAL (1961)

1 comentario:

PROSERPINA dijo...

La entrevista de Pastora muy emotiva y más para las que la conociamos por su bondad y entrega al pueblo y a la iglesia. Era el alma mater del coro, en mi casa la conocíamos como la mejor soprano. ¡Que caracter dulce y fuerte la vez, para organizar cualquier acto de la iglesia!.

Podías confiar en ella, como te confias a las vetanillas de un confesionario y siempre tenía la palabra apropiada para cada circunstancia.

Siempre para ti tendremos un recuerdo.

LAS CAMPANAS

Yo las amo, yo las oigo
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido del cordero...

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y en el cielo!
¡Qué silencio en las iglesias!
¡Qué extrañeza entre los muertos!

ROSALIA DE CASTRO.

Un abrazo.Proserpina