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domingo, 13 de octubre de 2013

ENCUENTRO CON LA TÍA MARÍA DE LOS TOMATES


LA GENTE GÜENA

Tiene el encanto de las hadas de los bosques. Valiente y atrevida algunas veces, dicharachera y llena de simpatía siempre. Todo lo que dice y hace te cautiva. La mente abierta, como debe ser, más bien tirando a rebelde, con una inteligencia intuitiva, que no lógica, nada se le escapa. Muy pegada al pasado, a sus recuerdos sentimentales, a su infancia, a sus padres, a los suyos...

LA TÍA MARÍA DE LOS TOMATES

BARRIO DE TRIANA, AÑOS SESENTA

Así, es, me parece a mí, María Peregrín González, La Tía María de los Tomates, como cariñosamente le conocemos todos.
A sus noventa y dos años, muy bien llevados por cierto, es el pasado hecho presente, con una nitidez de memoria y un oído privilegiados para envidia de muchos y si no que se lo pregunten a ella misma que al verme me dice: “Tengo la cabeza más buena que to”. Después continúa con una sonrisa pícara y llena de felicidad. “Debí nacer el 1907, en Cuevas de Almanzora”, me matiza.
¡Casi Nada!, más de noventa años llenan las vivencias de esta buena mujer. ¿Quién recuerda aquellos tiempos? La España de primeros de siglo, cuando Antonio Maura comenzó a gobernar este país, prohibiendo, pocas semanas después, contraer matrimonio por lo civil o cuando los titulares de los pocos periódicos de la época se hacían eco de una insólita noticia. En París, un avión se mantenía por primera vez en el aire y recorría nada más y nada menos que un kilómetro. Una verdadera hazaña.
Pero para esta encantadora mujer y sus coetáneos, el universo empezaba y terminaba en su mismo entorno.
Tía María, ¿qué recuerda Vd. de aquellos primeros años? Antes de contestarme me mira fijo a la cara, pone el semblante serio y el miedo se le dibuja en la cara. Luego cambia el tono de voz y me dice: “Pasemos una guerra y lloraba yo mucho, porque no iba a haber pan y to ese trapicheo”.
A pesar de todo, esta mujer, es ingeniosa y divertida, Constantemente se ríe recordando las mil y una anécdotas que han pasado por su vida o por su imaginación; y me las va contando una tras otra con una nitidez de memoria y una naturalidad impresionantes, como si noventa y dos años no hubiesen pasado nunca, como si todas sus palabras brotasen de un fresco manantial de sabiduría inagotable.
Sus recuerdos son, como escribe nuestro premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez, en Platero y yo... “humedad y silencio... y sobre todo... la copa con una nube blanca, cobija el camino aseteado de estrellas de marzo”.
“En casa de mis padres, siempre hemos estao muy agustillo”, repite constantemente para que no me olvide de anotarlo.
¿A qué jugaba de cría, Tía María? “Mi padre tenía un bancal delante y allí, con unas chiquillas jugábamos a to”.
María Peregrín siempre ha sido como el aroma concentrado de la fruta, rico y abundante. Su optimismo y sentido del humor son extraordinariamente encantadores, preguntes lo que quieras o como quieras.
Después de su matrimonio y del nacimiento de sus cuatro hijos quiso el destino traerla con nosotros, en el cuarenta y uno, a formar parte de nuestro pueblo, y de nuestras vivencias. “...si, hará casi sesenta años más o menos que vivo aquí”.
¿Cómo recuerda Las Cuevas de hace más de medio siglo, Tía María? “Nunca había ido a ninguna parte. Cuando yo vi la cueva de la tía Florincha, pues nos fuimos a vivir allí, me escuajé y dije. ¡Ay Señor! ¿Dónde me he metido yo? Pero el Tío Pedro, mi hombre, me dijo: no tengas disgusto. Dentro de seis meses si no queremos seguir, nos vamos. Así que yo en aquéllo estaba". En el fondo esta mujer no es reservada si conectas con ella a la primera.
Ante la incertidumbre su rostro refleja, casi siempre, cierto miedo a lo desconocido. “Teníamos un puñaillo de cebá. Pedro vendió una fanega y con unas pesetillas nos fuimos a lo de la Paca, ahí a la carretera. Después ya no pensamos en irnos”.
Su voz potente, fuerte y chillona le hace moverse con más seguridad ante la presencia de problemas. Hace una breve pausa; respira hondo y luego prosigue: “Ya en la carretera vendíamos tomates, pimientos, cebollas, botellas de cristal, cacharros de barro para cocina... Hemos vendío de to”, me dice con esa tranquilidad de haberlo hecho todo y bien, en esta vida.
¿Recuerda las pocas casas que había entonces? Me responde con esa nitidez, seguridad y rapidez de memoria que asombra. “Estaba la almazara, la del maestro Domingo, la del Tío del Agua, la de las Alíagas...”
¿Y dónde recogía el agua que necesitaba, Tía María? “¡Uy, cállate!” -me dice como si acabase de coger un cántaro-, “... íbamos a la puerta del Chico Federico, allí había una mijilla. Otras veces en el canal de la Posailla”. “Dicen, -prosigue contando- que la gente se muere hoy de cualquier cosa pero la verdad es que se muere uno cuando le llega la hora. Recogíamos el agua de un purullo que había debajo de la cueva de la tía Florincha, en un charco que había, recogía algunas veces hasta un cántaro”.
“Cuando aquí no había bajaba con mis zagales a los Hoyos, con el agua a cuestas porque no teníamos bestias. Una vez allí, un día, se atascó mi Paco y en qué me vi de sacarlo del barrizal que había... y no veas los hielos y los chuzos de aquellos inviernos. Pa que te voy a contar”
La Tía María es de esas personas que te cautivan y te transportan a través del tiempo con una facilidad que asombra, hablando y contándote de todo y de todos, con ese humor ingenioso y divertido que te hace reír constantemente como si navegases por el túnel del tiempo.
Tía María, ¿Se acuerda cómo eran las bodas de su época? “¡Yo que sé si no he ido a ninguna!” Después hace una pequeña pausa; sonríe y me mira como si esta vez no le hubiese creído. Después continúa: “La verdad es que la mía fue muy apañá. Nos casamos muy bien casaos y no como ahora. Yo me casé sin na. ¡Ah!, y no sabía lo que era un hombre... y ya está”.
Y cómo era su traje de novia? “Negro, me dice, porque entonces se estilaba aquello. El velo blanco y las medias también. Los zapatos de dos colores”.
¿Y del banquete? “Allí no se comía. Todo era así: Vamos a la boda; se sacaba un dulcecillo para cada uno, o dos. Entonces se llevaba la novia a su casa y después cada uno a la suya. La familia y los novios comimos caldo de pescado, que era lo que se estilaba”, me dice mientras se pone a reír un buen rato.
A la Tía María le cambia el semblante cuando habla de sus amigos. De naturaleza generosa y agradecida sobre todo con las amistades, pocas y buenas, a las que guarda un gran cariño, lealtad y un recuerdo inquebrantable. “El Tío Mañas venía a mi casa como si fuese suya. Lo considerábamos una persona buena, y a su mujer también. Teníamos una gran amistad con ellos”.
También recuerda con cariño “al Tío Ignacio el Guarda y a Dª Angeles, la mujer de Cirilo, que era maestra”.
Pero en el fondo la Tía María es de una sencillez maravillosa. No le da reparo ni vergüenza decirme: “Nunca me he puesto ni sortijas ni sarcillos. Y me he cargao de sacos de cebá y trigo, los que no te puedes imaginar. En casa hemos trabajao siempre bastante”.
¿Recuerda cómo era una noche de velatorio, Tía María? “Ibamos tos; unos antes y otros después. Por cualquier cosa se reía uno, pero que no era bonico aquello. Luego de madrugá se sacaba de to, como si fuese una boda. Botellas de toas clases, dulces... y por la mañana se iba cada uno cuando podía. Iba mucha gente. Ahora ya se ha quedao a menos. Los velatorios ya no son lo que eran; eso ha cambiao como de la noche al día”.
¿Qué hace para encontrarse tan bien, Tía María? Antes de contestarme veo que se le dibuja una sonrisa de felicidad en la cara. Después sin pensárselo dos veces, me da la fórmula de su eterna juventud. “Pues que como de lo que se come. Dientes no tengo, pero masco y trago como puedo y Dios reparta suerte. Además como a gusto y bien, no reilándome. Ya no tengo obligaciones ningunas. Tengo unos hijos buenísimos y en mi casa no se oye una voz más alta que otra. En dos palabras hay que comer bien y no irritarse”.
Y ya para terminar, Tía María ¿qué le parece que los hijos tuteen a los padres? “Me parece regular. La verdad es que a mí no me gusta porque se les pierde el respeto. Los padres deben ser los padres... ya está. Hoy los padres y los hijos son familia retirá. Antes en las casas se hablaba más entre la familia”.El reloj de pared empieza a dar las doce del mediodía y yo aprovecho para despedirme de esta encantadora mujer, casi centenaria, mientras y antes de salir me dice: “tengo esta vejez por la buena tranquilidad que he tenío”

Cuevas del Campo, en su casa, 12 de agosto de 1.999, FALLECIDA.

GRUPO DE CUEVEÑOS, AÑOS SESENTA

PUERTA REAL, AÑO 1957
ROMERÍA SAN ISIDRO, AÑO 1957

Texto: Antonio V. Martínez (La Gente Güena, primera edición 15 agosto 2.002, AGOTADA. Segunda edición 6 de noviembre 2.009)

2 comentarios:

victoria dijo...

Me encanta la tia Maria y cada vez estoy más enganchada a este blog,sino me vespor unos dias,disculpame pero estoy pachuchilla,eres un cielo y son preciosas estas fotos..besitos Victoria

Anónimo dijo...

Recuerdo a la tia María "la de los tomates", sentada en su silla de aneas detrás de una cortina metálica. Tu no la veias, pero a ella no se le escapaba nada. Era un auténtico personaje. Le tengo un grato recuerdo porque me apreciaba de berdad, como yo a ella. Un abrazo Antonio y si no te visito más es por una serie de circunstancias que me lo prohiben. Proserpina.

PD.Tengo que entrar como anónimo porque no me admite la contraseña.