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miércoles, 11 de septiembre de 2013

PASTORA RUIZ NOGUERA

Pastora, emocionalmente es mucho más sensible de lo que aparenta a simple vista. Adora profundamente a su familia y conserva, desde siempre, casi todas las amistades de sus años jóvenes. Es leal y sincera hasta la médula porque le sale de dentro. Además posee una mente original, clara e innovadora que hacen de ella una mujer apasionante, rica en recuerdos y nostalgias pasadas, con una memoria que llama inmediatamente la atención. Lo recuerda todo con suma nitidez, a pesar de que muchos de sus recuerdos se remontan a los “felices años veinte”.

PASTORA RUIZ

He cruzado por campos repletos de flores
y alamedas preñadas de hojas,
por valles de muchos amores,
y estanques vacíos de ocas.
(Antonio V. Martínez)

ROMERÍA EN LA COLONIA (1948)

ESCUELA NACIONAL (1925)

Pastora vio los primeros rayos de luz de su vida el “diez de febrero de 1.922, en la cueva de la Cañá de San Isidro, donde ahora vive Bernarda y Juan José el Boticario”. Mientras en Estados Unidos un meteorito de más de veinte toneladas impactaba en Virginia, originando un gran cráter de casi cincuenta metros cuadrados, en Egipto se descubría la tumba de Tutankamón y nuestro D. Jacinto Benavente recibía el premio nóvel de Literatura.
En sus años de infancia y juventud, a Pastora, le tocó vivir una mala racha histórica de miserias plenas de problemas, penalidades y vicisitudes que le dejaron, sin duda, marcada para siempre, como a casi todos los cueveños de su época. Aquellos falsos “felices años veinte” nunca llegaron a Cuevas del Campo ni a muchísimos hogares de nuestra extensa geografía española, como todos sabemos.
“Recuerdo con cinco años poco más o menos que nos fuimos a vivir a la Casería. Allí estuvimos unos diez, hasta que la vivienda se puso muy mal. Al estallar la guerra nos quitaron la tierra y mi padre no la reclamó ni seguimos viviendo en ella, así que nos vinimos al pueblo a esta cueva donde ahora vivo”, me dice con la nostalgia y la tristeza de aquellos infantiles años reflejados profundamente en sus pupilas.
Las condiciones sociales y familiares de aquella época hicieron que Pastora visitase muy poco la escuela. Por encima de los deberes escolares siempre estaban las obligaciones y los trabajos de la casa, por eso al preguntarle por sus años de escolares me cuenta: “…a la Casería iba un maestro que le decían Leopordo a darle clase a mi hermana. Después fue otro, el maestro Zopo, que vivía en la cueva esa que tenía el Chico Federico detrás de su casa, donde está la báscula. Allí vivía el hombre”.
“Ya cuando nos vinimos aquí, mi madre nos puso con Dª Ángeles, aunque yo iba muy poco. Como éramos siete en casa, mi madre me necesitaba y me decía: hoy no vayas porque tenemos que hacer esto; mañana porque tenemos que hacer lo otro; total que casi nunca iba, a pesar de que me costaba rabietas. La última vez que fui -me dice riéndose- me pusieron la primera lección de memoria y como dieron vacaciones ya no fui más ni tuve que aprender na”.
La verdad es que aunque Pastora apenas pisó la escuela, los pocos días que estuvo en ella los recuerda con toda claridad y nitidez “…leía y llegué hasta multiplicar por dos cifras y ya se acabó”, me dice como si viniese de hacer novillos.
“Por las tardes cosíamos. Yo aprendí a hacer punto y punto de cruz. El primer jersey que yo hice me lo dirigió Dª Ángeles. Recuerdo que fue de algodón. Luego estalló la guerra y ya no fui más. A malas penas aprendí a leer cantando, como se hacía otras veces pero la maestra me regañaba -me dice dibujándosele una vez más la sonrisa en su rostro- hasta que se me quitó el vicio”.
Pastora está repleta de recuerdos infantiles que acuden rápidamente a su mente, uno tras otro, como un manantial de aguas limpias y cristalinas. “Los ratillos libres que tenía me juntaba con mis amigas en la puerta, aquí en las eras. Saltábamos a la comba, jugábamos a la rayuela, a las chinas… a toas esas cosas que se hacían de chica. En mi casa no me dejaba mi madre salir. Me decía: hoy tenemos que hacer esto y no te puedes ir”.
Otro gran problema en aquellas épocas, era lavar la ropa durante todo el año porque en el pueblo apenas había agua para beber o cocinar. Por eso al preguntarle como se las apañaba ella y su familia me mira, sonríe y me dice: “Como en casa éramos siete teníamos una lavandera. Una vez nos trajo la ropa casi como se la llevó y eso que le dábamos el jabón, entonces fue cuando empecé yo a lavar y lavar; recuerdo que por lavar una sábana se cobraba entonces una perra gorda y por una docena de trapos, un real”.
Mientras Pastora, pausadamente, me va contando sus vivencias, observo que en su cara se van reflejando, fielmente, las emociones pasadas de sus relatos.
“Cuando juntábamos mucha ropa, mi madre buscaba siempre una mujer para que me acompañara. Entonces nos íbamos por ahí a esos barrancos to el día, al molino de Pepe, al caño del Tío Chingara, a los Hoyos…pero dónde íbamos más, era a las Pozas y madrugábamos mucho.
Cuando yo ya era grande lo hacía sola; unas veces con mi hermana, aunque era menor, y con mi madre otras. Mi padre me llevaba muy tempranico con la borriquilla y luego venía a recogerme. Allí siempre había muchísima gente y salía el agua muy calentica en invierno. En el verano lavábamos aquí”.
Es de sobra conocido por todos que Pastora desde hace muchísimos años ha sido una pieza importantísima en la vida social y religiosa de nuestro pueblo y de nuestra Parroquia, no sólo por esa maravillosa voz que Dios le dio para cantar, sino también por su predisposición a echar una mano a todos los sacerdotes que han ido pasando por nuestro pueblo. Esto ha hecho posible que los recuerde a todos con cariño, uno por uno con una lucidez impresionante.
Es pura y auténtica historia cueveña todo lo que va brotando de su mente y de sus adentros: “Siempre me ha gustao mucho ayudar a la Iglesia, desde que tenía doce años lo he venío haciendo. Vivíamos en la Casería cuando vino D. Ramón a Cuevas; tendría yo seis o siete añillos. Estuvo aquí hasta que lo jubilaron. Recuerdo que era un hombre muy bueno, aunque tenía muy mal genio cuando se enfadaba, pero luego no tenía na”.
“Después vino D. Francisco Arredondo, que le decían el cura Pita. Luego hubo varios curas de Baza a decir misa, pero fue durante muy poco tiempo, hasta que vino D. Damián, que estuvo un año y fue de los primeros que salieron al terminar la guerra y rehacerse el seminario. El Obispo le dio permiso y se fue a Puerto Rico porque allí faltaban curas, dijeron. Luego pasaron por aquí tos los que había en Baza: D. Jesús Revuelta, D. Francisco Cobos, D. Andrés el de San Juan…”
“Luego asignaron a un fraile franciscano que le decían el padre José María, un hombre chiquitillo y regordete pero que era una preciosidad y además buenísimo. Estuvo hospedao en la casa del Suave unos meses y después, en el verano, se lo llevaron”.
“Después mandaron a D. Francisco Loren, que era de Guadix. Estuvo por aquí unos tres meses y estaba recién salido del seminario. Tras él, vinieron D. Juan de Dios, después D. Antonio Martínez Pozo -tu tío- D. Fermín, D. Francisco Hidalgo, que pasó con nosotros doce años y actualmente D. Fernando Corral”.
A pesar de sus ochenta años, muy bien llevados por cierto, Pastora es una de esas mujeres que casi siempre irradia en su entorno valores tan importantes como la modestia, la bondad, la honradez además de otros muchos sentimientos, especialmente el de la comunicación y el de la comprensión, aunque en muchos momentos la vida le haya jugado malas pasadas, especialmente en aquellos miserables y odiosos años de guerra, que sin duda le dejaron grandes cicatrices en su alma y en su formas de ver la vida.
“Cuando estalló la República ya vivíamos nosotros en esta cueva. Había venido el Obispo, D. Manuel Medina Olmos y salimos to el pueblo a recibirlo. Al día siguiente estalló la República. De estas cosas que no se te olvidan te diré que estábamos mi madre y yo aquí en la puerta con mis hermanos, que ya eran grandecillos. Entonces pasó un grupo de hombres con una bandera republicana, que por cierto el que la llevaba era uno de aquí, y al vernos en la puerta dijo: mira que cara tiene ese -refiriéndose a mi hermano- ¡Vente chico con nosotros! Y mi madre le contestó: a mi hijo no se le ha perdió na con vosotros. Aquella noche, de madrugá la gente buena de aquí, a escondidas, se llevaron al Obispo a Guadix “. Pastora esta vez ha cambiado el tono de sus palabras y unas pinceladas de inquietud y tristeza se le reflejan en su rostro.
Después de una breve pausa me sigue contando: “La guerra cambió la vida de Cuevas y se sufrió mucho porque no era menester que fueras rico ni na.
Al poco tiempo llamaron a mis hermanos y se los llevaron a la guerra a los tres. Nos quedamos mis padres, mi hermana yo; y claro teníamos que ayudarle a mi padre. Luego cuando sólo teníamos cuatro cosas para poder comer, el alcalde Fernando Moya nos enviaba una nota en un papel de estraza, que por cierto el otro día buscando una cosa lo encontré entre la ropa, que decía que le echásemos una fanega de trigo -otras veces eran cuatro o cinco- ¡ Y se la teníamos que echar… y si tú tenías que comer, comías y si no te aguantabas. La verdad es que se sufrió mucho, -me dice Pastora mientras me habla, le noto sin que casi ella se dé cuenta -una vez más- que se le humedecen las pupilas de rabia e impotencia”.
“Después vinieron los milicianos aquellos. A mi me pilló lavando por aquéllo de Pérez y me asusté mucho. Luego vinieron hacia mi casa a por mi padre porque decían que tenía un “remisto”, una cosa como una escopeta, pero que era más pequeño. Había sio de mi abuelo, pero alguien dio el chivatazo de que lo teníamos. Entonces vinieron y lo primero que hicieron fue empezar a dar tiros por aquí, tiros por allí, tiros pa otro lao. Llegué a mi casa pa que me diera un torazón. Nos pidieron que entregáramos la herramienta aquélla. Menos mal que ya la había llevao mi padre al Ayuntamiento.
Luego, antes de irse, le dijeron que lo comprobarían al día siguiente, -pues estaba oscureciendo ya- y que si les había engañao se lo llevarían en el camión a Baza, con los otros que llevaban deteníos”.
Pastora sigue contándome los hechos y aconteceres que estaban sucediendo aquellos días en Cuevas del Campo con todo detalle como si fuese una auténtica película trágica de aventuras:
“…a don Ramón el cura, se lo llevaron y no lo mataron de milagro, aunque sí lo detuvieron como a los otros seis que llevaban. Lo sacaron al balcón del Ayuntamiento y dio la casualidad que el jefe de los milicianos había sio acólito o monaguillo suyo en El Margen de Cúllar. Entonces, como D. Ramón era un hombre muy listo que había estudiao medicina y en particular pa lo niños pequeños, pues era muy entendío, aunque no recetaba porque no había terminao la carrera y no tenía título.
En ese momento, alguna gente empezó a gritar que se lo llevaran con los otros en el camión. El miliciano les dijo entonces ¿pero qué mal ha hecho?
La gente contestó que no les había hecho ningún daño. Entonces aquel hombre les dijo, tratando de salvarlo: pensar que si se queda lo podríamos dejar de practicante. Así que si no hubiera sio por eso se lo hubieran llevao. Por eso estuvo toa la guerra haciendo de practicante en nuestro pueblo y de cura a escondías.
A pesar de los años transcurridos, Pastora, sigue viviendo aquellos hechos como si acabasen de suceder. Como si el pasado, por arte de magia se hubiese hecho presente. “La noche que rompieron y destrozaron la iglesia, el ama que tenía D. Ramón, que era hermana de los Fritaillas, y él se escaparon de la Iglesia por un agujero que había en el huerto de la parroquia. Los recogieron en una cueva cercana a Mariquita la Boticaria o por allí sería, no me acuerdo muy bien. Después se quedaron en la cueva que hay debajo de Bernarda que sube la cuesta así parriba. Allí estuvo don Ramón, en esa cueva del rincón, toa la guerra”.
Después de una pequeña pausa Pastora prosigue contándome: “Aquel día fue lo más amargo que uno pueda imaginar. Destruyeron la Iglesia.
Esa madrugá nos levantamos mi madre y yo pa amasar. Era pleno verano y un vecino nuestro llamado Joaquín cuando se iba a barcinar llegó al pilar grande, con dos caños que había en la puerta de la Iglesia, y se subió corriendo al ver a dos santos encima del poyo. Además como todavía era casi de noche creyó ver a una mujer que estaba llenando agua. Cuando se acercó un poco más se dio cuenta que era la Virgen de los Dolores que estaba tirada en el pilar. Así que el hombre se subió muy asustado y ya no se fue a trabajar, pues vio además a tos los santos hechos polvo. Después la madre del Chico Jerga que era prima hermana del padre de mi madre, la metió en su casa y la puso en una habitación de arriba de su casa. Siempre le tenía puesta una luz encendida. Un día, como hacía aire, ardió la cortina en la mariposa y se pegó fuego. Cuando los milicianos entraron a apagar el fuego vieron a la Virgen y la hicieron polvo”.
Pastora es una de las personas menos orgullosas de este pueblo. No tiene ni idea de lo que es la soberbia, por eso, la gente altanera le parece ridícula, especialmente todos aquellos que presumen siempre de ese honor falso a los valores tradicionales. Además, casi todas sus luchas internas y externas son dialécticas, por eso cuando se siente presionada u ofendida alguna vez, se larga sin decir adiós.
Como a todos mis entrevistados siempre les hago la misma pregunta: Pastora, ¿cómo es usted? Por un instante parece dibujársele la desorientación en su cara, “¿qué cómo soy yo?… pues…más bien tonta -se ríe para ocultar esta vez su nerviosismo. Eso lo tiene que decir otro; yo ¿qué voy a decir de mí? La verdad es que soy una criatura que no puedo ver que me necesiten y no acudir… y yo que sé. Mi vida me la he tirao así siempre, ayudando a to el mundo. También soy tranquila pero hay veces que cuando hay que hacer cualquier cosa me recomo por dentro y me lanzo, sea lo que sea, de quien sea y lo que sea. También me dicen que soy cabezota. Nunca he sio una persona zalamera, más bien soy algo seria. También valoro mucho la amistad y no me gusta la traición”.
En otro momento le pregunto que me cuente alguna anécdota sucedida en el pueblo. Casi si pensárselo dos veces me dice: “Recuerdo que cuando don Ramón estaba aquí de sacerdote se celebraba mucho la Nochebuena, -la cara de Pastora se le ilumina como a una cría y se pone a sonreír- al Niño Jesús le pusieron en los bracillos como unas anillas así en la espaldilla y había un cable muy tensao desde el coro de la iglesia hasta el altar.
Un año estaba to el mundo mirando pal coro porque aquéllo daba sensación de verlo bajar por el aire tan bonico. Ese año se vio que lo tensaron mal porque cuando don Ramón dio el tironcillo desde el altar. La cuerda se quebró y el Niño Jesús se hizo añicos el pobre, en el suelo”. Pastora se envuelve de nuevo en una sonrisa infantil deliciosa.
Y ya para finalizar le pregunto qué le parecen todos estos cambios culturales, sociales y religiosos que se están desarrollando últimamente en nuestro pueblo. “La verdad es que hacía falta to lo bueno que está haciendo la Cofradía Nuestra Señora de los Dolores y ¿cómo no? La Semana Santa Viviente. Yo he llorao más que Jeremías. Al ver el Drama de Pasión me metí dentro. Lo primero que vi fue el ensayo general del jueves. Me impresionó la segunda caída. Allí lloré mucho también. Y el viernes Santo también. Allí viví lo que dice el Evangelio de San Mateo. Lo vi todo y bien, pues me metí en la realidad de la Pasión y me emocioné, lloré mucho y sufrí todavía más. Había gente que decía: cucha esto, que si cucha lo otro y yo les decía qué sabréis vosotros… pero en fin, cada uno pensamos de nuestra manera y cada uno hacemos las cosas a nuestro aire. Así que me gustó mucho”.
Casi sin pensarlo el tiempo se nos ha pasado volando y gratamente como las golondrinas en las tardes de primavera.
Cuevas del Campo, en su casa, 4 enero 2002. (Fallecida)

MAESTRO, CURA Y ALCALDE (1964)

RONDALLA CUEVEÑA (1957)

ESCENA CAMPESTRE (1969)

LA TRILLA (1964)

PANORÁMICA EL PASEO DESDE DECARADAS (1966)

PORTADA DEL LIBRO
Textos: Antonio V. Martínez

1 comentario:

esperanza sandoval santander dijo...

Muchas de estas cosas que ha dicho Dª Pastora son viva repetición de lo que me contaba mi abuela "la tía Encarnación la "cojilla," en mi memoria se han activado esas y otras muchas cosas del pasado que se quedaría oculta en la nebulosa de los tiempos si El periodista Antonio Victor no los hubiese desempolvado de esta espectacular biblioteca viviente. Gracias a el y a Pastora por este hermoso documental.