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jueves, 16 de enero de 2014

LAS BOMBAS AMERICANAS DE PALOMARES

Todo lo que sucedió el diecisiete de enero de mil novecientos sesenta y seis, hace cuarenta y ocho años, fue presenciado por un grupo de alumnos residentes en Cuevas de Almanzora (Almería) y sus profesores, que pasaban tranquilamente un día de excursión en Palomares, entre los cuales estaba yo, autor de esta crónica.


LA BOMBA ENCONTRADA AL CABO DE MUCHOS DÍAS

Paco Simó Orts, pescador, nació en 1928 en la localidad murciana de Aguilas, donde falleció hace ya tiempo. Recibió una alta distinción del gobierno de EEUU, pero no la recompensa que le prometieron en su día.
Todo el mundo le recordará como el "paleto" que puso en evidencia a la supremacía americana. Los radares daban rastro negativo y tuvo que ser él quien, a ojo de buen cubero, como bien saben medir los hombres de la mar o del campo, diera con la cuarta bomba atómica que las fuerzas aéreas estadounidenses olvidaron en Palomares (Almería).
Su nombre, Francisco Simó Orst, no dice nada, su apodo, “Paco el de la Bomba” lo revela todo: de una anécdota, de una época. Se puede decir que después del actor Francisco Rabal, el pescador fue la figura más representativa de la provincia de Murcia. Su fama fue fruto de la tozudez y la cabezonería de la que hace gala quien sabe que está en lo cierto.
Eran aproximadamente las 10’22 horas del diecisiete de enero de 1966. Como venía siendo habitual, tras los acuerdos bilaterales firmados por EEUU y España en 1953 y 1963 dos superbombarderos B-52G, provisto cada uno con cuatro bombas termonucleares de 1,5 megatones, con una potencia setenta y cinco veces superior a las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, se disponían a efectuar la maniobra de abastecimiento de combustible en pleno vuelo, para lo cual entraban en acción dos aviones cisterna KC-135 procedentes de la base sevillana de Morón de la frontera. El lugar previsto es la Sadle Rock, roca de la silla de montar, en la vertical de la desembocadura del río Almanzora, junto a Palomares.
Todo era normal hasta que un error en la maniobra de conexión de las naves provocó la colisión entre uno de los bombarderos y el avión nodriza. El choque provocó el incendio de ambos aparatos y que sobre la población cayeran cuatro bombas de hidrógeno. Paco, que fondeaba sus redes en la zona, fue testigo de excepción. Dos de los proyectiles explotaron su carga convencional, liberando tres kilogramos de plutonio 238; una de las bombas quedó intacta y la cuarta se perdió en el fondo del mar. Siete de los once tripulantes fallecieron, afortunadamente ningún habitante de Palomares.
Pasados cuarenta y cinco minutos desde el siniestro se activó el mecanismo de emergencia Broken Arrov, por el que más de seiscientas personas, que integraban el campamento Wilson, junto con cientos de españoles, se afanaron en las tareas de recuperación de restos y descontaminación radioactiva.
Pero lo más complicado era dar con el paradero de la cuarta bomba, esa que Paco vio introducirse en el mar. Nadie quiso seguir sus consejos, mientras el ejército, con toda su parafernalia, era incapaz de hallar el descuido.
Durante más de dos meses, cuarenta y tres barcos, dos mil doscientos marines, ciento treinta hombres rana y setenta y cinco científicos con batiscafos se afanaron en la búsqueda. El tiempo pasaba y el artefacto no aparecía. Entonces, alguien decidió escuchar a Paco. El presidente L. B. Johson no estaba dispuesto a invertir más dinero en el rescate y exigía a los suyos resultados. El pescador aseguró a los mandos de la US Navy que podía indicar el lugar exacto en el que cayó algo parecido a “una bombona de butano”.
El uno de marzo, más de un mes después del accidente, el Alvin -un minisubmarino- avistó un objeto que parecía la bomba, y quince días más tarde se confirmó la visión de un paracaídas que rodeaba un cuerpo cilíndrico. Se encontraba a unos setecientos sesenta y cinco metros de profundidad, en el saliente de una pared rocosa con inclinación de setenta grados, que conducía a una sima de unos mil ochocientos metros de profundidad.
Sin dudarlo ni un segundo, conocedor de que la opinión pública se posicionaba en su contra, el diez de marzo, el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, en compañía del embajador americano Biddle-Duke, se dieron un chapuzón en las aguas de Palomares, al parecer, para alejar los rumores de la presencia de radioactividad.
Paco, con toda su sencillez y sus redes de pescar, contribuyó a solucionar un grave problema político. Casi tres meses después del siniestro, el siete de abril, la bomba, en medio de una maraña de cables y nylon de paracaídas, quedó depositada en la cubierta del buque Petral de la armada estadounidense.
Simó Orts, condecorado con una alta distinción del gobierno de los EEUU, fue el artífice de la final de la pesadilla, y eso nunca lo podrá negar nadie, ni siquiera los patrióticos marines estadounidenses. No obstante, el pobre Paco se quejaba amargamente de que los americanos no cumplieron nunca su palabra de recompensarle económicamente

LA LOCALIDAD DE PALOMARES (ALMERÍA)

EL BAÑO DE FRAGA CON LOS AMERICANOS

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