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domingo, 18 de julio de 2010

FRANCISCO MARTÍNEZ SALAS "JALIRÓN"

“¿Murió?…Sólo sabemos
que se nos fue por una senda.

!Oh sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña, a los azules montes.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón reposa
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…”

(A. Machado)

Francisco nos dejó para siempre hace sólo unos días. Sirvan estos "Encuentros con.." para recordarle; el mismo nos cuenta -unas líneas más abajo- su vida y la de nuestro pueblo. Descanse en paz para siempre. Con todo mi agradecimiento y cariño.

FRANCISCO MARTÍNEZ SALAS "JALIRÓN"

CAÑADA EL PASO, AL FONDO NUESTRO PUEBLO

VISTA DESDE DECARADAS

“Triana era un barrio ocupao de arriba abajo,” me dice Francisco Martínez Salas, recordándome su nacimiento: “...aquel veintiuno de noviembre de 1.928.” cuando, increíblemente, en otros lugares de nuestro planeta, un grupo de técnicos hacían las primeras pruebas de televisión o Fleming descubría, casi por casualidad, la penicilina o en la capital del estado un grupo de “locos deportistas” creaban la Federación Nacional de Fútbol... pero las cosas iban de otra manera en Cuevas del Campo; como diría nuestro Miguel de Cervantes en una de sus novelas ejemplares, “con estas y otras leyes y estatutos se conservaban y vivían alegres.”
Francisco Jalirón pone el semblante serio y la mirada profunda; me mira a los ojos para que le preste más atención y me dice: “No teníamos luz. Todo era a base de candiles,” por un momento guarda silencio; deja pasar unos segundos mientras se aleja un viejo tractor, que pasa junto a nosotros, con un ruido ensordecedor y continúa, “el barrio de Triana estaba lleno de gente, pero no había de nada. Pasábamos mucha hambre y no poca.”
Pero en aquellos lejanos días de los años veinte, estas buenas gentes, a pesar de todo, como decía nuestro más afamado escritor: “eran señores de los campos, de los sembrados, de las ramblas, de los montes, de las fuentes y de los ríos. “Por eso los montes les ofrecían leña de balde; lo árboles frutas, las viñas uvas, las huertas pimientos y tomates, los campos trigos y cebada, los ríos peces, los conejos caza, sombra las peñas, aire fresco las lomas, las fuentes agua y las cuevas casas”.
Francisco es una de esas personas que te meten en el corazón de sus propias vivencias sin que te des cuenta, mientras te habla con esa naturalidad y sencillez que asombra a propios y a extraños, como si setenta años no hubiesen pasado nunca.
Después de su primer relato se transforma; le brillan los ojos como si las penas y la miseria de la España de aquellas épocas no hubiesen dejado huella en él. “Luego, después de los cuarenta la vida empezó a mejorar,” me dice como si aquellos años pasados hubiesen sido tan sólo un mal sueño.
Pero la verdad es que Francisco no pudo vivir la vida como cualquier niño, como hubiese sido su deseo; por eso, casi sin darse cuenta posiblemente, empezó a ser adulto antes que joven, como muchos de sus coetáneos de penas y fatigas. “Me casé con veintidós años en el cincuenta y dos, cuando mi mujer contaba tan sólo diecisiete. Recuerdo aquella tarde de domingo treinta de agosto cuando D. Francisco, el cura Pita, nos casó.”
Después de una breve pausa le pregunto qué recuerda de aquel entrañable día y sin pensárselo dos veces, me dice con esa serenidad y realismo que siempre impregnan sus relatos “aquella noche fue un cine,” dándome a entender que no les dejaron en paz en toda la velada “los muy jodíos de mis amigos estuvieron hora tras hora dando por saco,” en la cueva de Triana.
¿Y del viaje de novios, Francisco? “...como todo el mundo en aquella época, nada de nada. De la iglesia a casa; luego nos fuimos a vivir a una cueva frente al cementerio sólo con un quinqué.”
Después de contestar al saludo de alguien que pasa junto a nosotros, le pregunto por el banquete de bodas; “un arroz muy bueno que nos hizo la tía Jarriera;” un verdadero lujo para toda aquella buena gente, pienso yo.
Francisco Martínez siempre fue muy familiar “...lo primero, la familia. Después del nacimiento de mi hija Encarnita viví la vida con mucha ilusión,” me dice mientras en su cara se le dibuja claramente la felicidad y la satisfacción de haber sido siempre un padre bueno y generoso.
Y del trabajo mejor no hablar, siempre fuera; “a los tres días de la boda me fui al esparto...” Balcher, Cueva Paella, Fuente Álamo, Hinojosa del Duque, Monterrubio quedarán para siempre en su memoria entre recogidas de esparto y siega, bajo aquel sol tórrido e infernal, en aquellos veranos, con el ensordecedor e insultante chirrido de las “chicharras” y muy lejos de los seres queridos.
Por la cabeza de Jalirón van pasando los días y los años, uno a uno, sin prisa pero sin pausa, con esa nitidez de memoria que asombra a todo aquel que le escucha. “Después de Arbucias me dieron la distribución de cementos Alba. Me uní a Federico Heras.” Hace una pequeña pausa, respira hondo y “¡¡...me ayudó mucho!!,” me dice matizando con fuerza el hondo agradecimiento sincero que siente por este hombre ya desaparecido. Lo leo en sus pupilas brillantes llenas de amistad casi sin que él se de cuenta.
Al hablar de sus amigos, a Francisco, se le ilumina la cara y sonríe como si todos estuviesen aquí presentes con nosotros: “el Plancha, el Chico Tan, Moya, Emeterio el Teja, Amador, Angel Vilar, el Cano el Terrible...”
“El tío de Ramón el Zapatero me enseñó a tocar el laúd. Después animábamos los bailes y en los carnavales nos contrataban. Entre pieza y pieza echábamos mano de la botella de vino, con el bacalao y los garbanzos tostaos, que siempre estaba a nuestro lao.”
Entre las anécdotas recuerda, “cuando íbamos a Cortijo Nuevo a tocar teníamos que pasar el río a pie pero aquel día venía subío de madre y al pasarlo, Vicente el Teja que venía con nosotros, perdió el calcetín por el agujero que tenía la bota en la punta. No veas como nos reímos,” me lo confirma, también, su sonrisa mientras relata la aventura.
O aquella otra “...cuando se instaló la luz en Triana, Felipe el mulo fue a encender el cigarro en la bombilla y como no podía, cabreao como estaba, le dio con una vara porque no se encendía la colilla.”
“Luego vino la tienda - bar cuando en el sesenta y tres, un kilo de cigalas costaba cuatro duros.”
La verdad es que para condensar todas las vivencias de Francisco harían falta varios libros completos. Hoy a sus setenta años, bien llevados, ya es una persona reposada y tranquila, a pesar de la faena que le puede dar la presidencia del Sindicato del agua; por eso aprovecha siempre la liga para hablar de todo un poco con sus amigos y con los que se arrimen a él, con esa sabiduría y experiencia que le ha dotado la vida.
Pero la verdad es que no para de contarme que está muy orgulloso de su mujer, de sus cuatro hijos y de sus seis nietos. Como él mismo dice: “estoy totalmente orgulloso de mi vida.”
Finalmente me doy cuenta de que la tarde se nos ha ido pasando casi sin darnos cuenta. Por eso le leo los apuntes que he tomado y antes de marcharme le digo, como siempre hago, si se deja algo en el tintero; y él, con ese desparpajo y entusiasmo que siempre pone en sus palabras, me dice: “Lo que queda vamos a dejarlo pa otro día.”

(Cuevas del Campo 16 de abril de 1.999)

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TEXTO
Antonio V. Martínez (La Gente Güena de Cuevas del Campo, 2002)

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