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viernes, 6 de agosto de 2010

JUAN JOSÉ "EL BOTICARIO" (Fallecido)

Tiene el sabor agridulce de las primaveras cueveñas, la madurez del verano, el aroma concentrado de la fruta madura de otoño y el calor hogareño en las gélidas noches de invierno.

Juan José Gea Vico nació en nuestras Cuevas “el día de la Virgen de agosto de mil novecientos dieciséis”, en plena primera guerra mundial, cuando Einstein desarrollaba su teoría de la relatividad y los franceses se iniciaban en el vicio de la goma de mascar.
JUAN JOSÉ "EL BOTICARIO"

ALUMNOS DEL COLEGIO SAN ISIDRO (1958)

Un halo de paz y tranquilidad inunda su entorno cuando me recibe. Me saluda cariñosamente con esa bondad que sólo se adquiere después de cumplir los ochenta años. Al sentarme junto a él, noto que transpira una especie de energía que se transmite alrededor como las hogazas recién salidas del horno de leña. Después me habla despacio, con una serenidad que impresiona y me transporta a los años de su niñez, con un tono de voz que me inspira tranquilidad y sosiego.
“Tenía nueve años y era yo muy malo. Había en el barranquillo Santos una balsa que era de un señor que le decían Agudo. Aquel hombre se quejaba siempre de tó. Un día cuando estábamos bañándonos vino el guarda, que era Francisco el Costeño, agarró la ropa y nos la quitó. Después se subió a casa de Antonio Chirribinas, que era el alcalde. Nosotros, en pelotillas, nos fuimos detrás de él y nos escondimos debajo de unos cambrones que había al lado de su casa, esperando que nos diera la ropa. Allí nos tuvieron por lo menos dos horas. Menos mal que hacía buen tiempo -me dice como si el ir desnudos no importase y sí, el haberse escapado de un buen constipado-. Da la vida que mi padre no se enteró y así me libré de la correa”.
Después de una breve pausa, Juan José, respira hondo; se le dibuja una sonrisa en la cara y prosigue contándome: “Había entonces en el pueblo una tienda que tenía Ramona, la madre de los Alpargateros. Un día me mandó mi madre con unos huevos- moneda de cambio valiosísima en aquellos tiempos de escasez y miserias- a no sé qué. Iba yo con una chaquetilla de pana lisa; y ni corto ni perezoso agarré la cestilla y salí corriendo; entonces vengo, tropiezo y me caigo espachurrándome los huevos en el pecho y por tos laos. Cuando llegué a casa llorando, al verme mi madre le sirvió de risa”.
A Juan José le cambia el semblante, como por arte de magia y se le aparece nuevamente una sonrisa infantil en su rostro. Luego me mira a los ojos y me dice: “¿Sabes? yo fui monaguillo durante tres años con don Juan Tribaldo, que era de la Calahorra, y luego con don Ramón, que le gustaba mucho la caza e iba siempre con su escopetilla por el Retamar y tos esos sitios. De monaguillo ganaba once reales al mes y dos más por los bautizos; en las bodas, algunas veces nos daban la voluntad. Había que ir a misa tos los días y los sábados teníamos que barrer la iglesia”.
“Recuerdo que aquella iglesia tenía un coro y las cantoras o cualquier persona subían a él por la puerta de la torre. Allí había también un armonio. Cuando salían las muchachas de cantar se quedaban abajo en el hueco de la torre a contarse sus cosas. Un día que estaban las Arriagas y Julia, la tía del estanquero entre otras, subí a tocar con Ramón el de la Tía María del Carmen, que era mayor que yo. Total que me dijo: vamos a subirnos a arriba y por los bujeros de las cuerdas vamos a mearnos. Yo no quería, pero él me decía: no seas tonto. Las muchachas entonces empezaron a decir que parecía que estaba lloviendo, pero que no llovía sino que era el meoncillo que echábamos. Juan José sonríe como si estuviera viviendo por primera vez esta anécdota. Ellas no se enteraron hasta mucho tiempo después. Se enteró hasta don Ramón el cura y aquello sirvió de risa”.
Juan José Gea es conservador y rebelde a la vez, pero nunca se mueve entre dos aguas, me parece a mí. Autodidacta hasta la médula, formado por sí mismo desde la cuna, es un auténtico vivero de sabiduría, experiencia y sentido común; por eso me cuenta sus vivencias -que son las nuestras- con gran énfasis, devoción y cierta nostalgia por esos valores perdidos y que posiblemente, algunos de ellos -piensa él- no se recuperarán nunca más.
“Muchas cosas de las que teníamos antes se perdieron cuando vino la guerra civil”. Hace una pequeña pausa, se le llenan los ojos de nostalgia y prosigue: “Las costumbres que teníamos es una pena que ya no sigan. Se ha perdio tó. En aquellas fechas estábamos el doble de habitantes que ahora y tos en buena armonía -matiza- y era que teníamos tranquilidad, amistad y paz; lo principal para una buena convivencia”.
Juan José, cuénteme alguna anécdota más de cuando era chiquillo. “Recuerdo el día del Señor de mil novecientos veintiséis que vivíamos entonces frente a la iglesia. Mi madre me arregló muy bien. Me puso mi trajecillo, la corbata y tal; entonces no se usaban zapatillos; yo, ni corto ni perezoso no esperé a que salieran ellos para ir a misa. Salí corriendo y me fui pa la iglesia. Debajo había un pilar con dos caños grandes. Al acercarme a uno de ellos se me escapó la mano y me fui dentro. Nadando estaba yo cuando me sacó un hombre de edad. Entonces me fui a casa y al verme mi madre me dio un alpargatazo en el culo”.
A sus ochenta y cuatro años, Juan José es simpático por naturaleza, le agrada disfrutar de la vida como a nadie y por supuesto le gusta viajar. Tiene un gran sentido del humor y una gran imaginación que con el paso de los años le han hecho ser un hombre agradable, inteligente y culto; por eso y por otras razones le gusta soñar despierto o recordar todas aquellas anécdotas que forman parte de su pasado aunque en su vida obligada de militar no tuvo suerte. ¿O quizá sí?
“El trece de octubre de mil novecientos treinta y siete caí herido en la Cuesta de las Perdices de Madrid. Me llené de metralla todo el cuerpo de la cual me quedan aún trozos dentro. Me explotó un mortero”.
Al día siguiente la prensa de las dos zonas enfrentadas, traía los partes de guerra; decían así: (Zona Roja) Operaciones en la Cuesta de las Perdices…a lucha ha sido durísima. En muchos instantes se llegó al cuerpo a cuerpo. (ABC. Sevilla. 14-10-1937). (Zona Nacional) Ejército del Centro. Sector Cuesta de las Perdices. Nuestras tropas han conquistado hoy dos líneas de trincheras del enemigo, cogiéndose noventa y ocho muertos y cincuenta y un prisioneros. (ABC. Salamanca. 14-10-1937)”.
Juan José, he oído hablar por ahí de una banda de música que había en el pueblo por los años veinte, ¿recuerda usted algo? Sin prisa pero sin pausa, comenzó a contarme los más mínimos detalles con una precisión digna de elogio de una asociación casi desconocida para más de un lector. “Se fundó en mil novecientos dieciocho por Eduardo, que era carpintero; un maestro que tocaba todos los instrumentos maravillosamente. Y esto que digo es verdad -me dice por si yo no lo tengo claro-.
La formaban: Emeterio Teja (padre) que tocaba el bombardino; Fausto (padre) el cornetín; Fernando Moya el bajo; el trombón Marcelino; el clarinete José Chingara; también lo tocaban José el del maestro Domingo -que se ahogó-, Juan el Barbero, Luis Gámez, y Antonio Arredondo. Los platillos Ramón Navas y otro más que no recuerdo. Esta banda tocaba en varios pueblos de los alrededores en procesiones y fiestas. Después de morir el maestro Eduardo, tomó su puesto Miguel el Barbero que vivía en la casa que tienen hoy los Sánchez, en la carnicería”.
Juan José es como un manantial de sabiduría -como el agua misma- siempre limpia, fresca y lleno de historias bonitas de nuestro pueblo. Por eso no puedo evitar el preguntarle por su apodo. “Mis padres tenían la botica y de ahí viene tó. Cómo mi madre no tenía título ni na, cuando vino el titular, don Vicente, que era el padre de Julita, se quedó con ella”.
Me recuerda, también, que uno de sus abuelos contaba que “…en las noches de invierno había que cerrar bien las puertas de las cuevas para poder protegerse de los lobos, pues bajaban siempre buscando comida, en las madrugás”.
Hacemos una pequeña pausa y se empeña en que tome algo; luego le sigo preguntando: ¿Cómo es usted, Juan José? Se le nota que no esperaba esta pregunta pero al instante me contesta. “Mi vida siempre ha sio hacer tó el bien que he podío a tó el mundo. Donde haya estao me he dao al máximo. Esa fue mi vida siempre. No soy tímido y en los problemas grandes siempre me vino la serenidad”.
Juan José también es de esas personas que disfrutan haciendo el bien, ayudando a los demás de una manera generosa y hasta la saciedad. Cuando se le pide ayuda, este buen hombre, extiende su manto protector como si fuese un gran mecenas; pero eso sí, aunque no lo diga, en el fondo, le gustan los agradecimientos. Es su manera de ser. Es como si a un gran actor se le privase de los aplausos finales después de una gran actuación.
Al filo del mediodía, agotadas mis preguntas, le digo que ya tengo bastante información. Me levanto y me acompaña a la puerta entre olores de rosas y flores de estío. Me despido. Se oye por doquier el ruido de los gorriones, escondidos en el rosal del jardín que está preñado de flores rojas, mientras las golondrinas revolotean juguetonas en el aire tras los insectos. Es la hora de la liga.
ROMERÍA DE SAN ISIDRO (1948)

PUERTA DE LA BOTICA, D. VICENTE CON SUS HIJAS

BANDA DE MÚSICA (1935)

TEXTO
Antonio V. Martínez (La Gente Güena de Cuevas del Campo (2002)

2 comentarios:

GUILLERMINA dijo...

Le has dado un aire nuevo a tu blog, sin olvidar nuestra corta prehistoria.Te saludo como si hubiera pasado un siglo, uno no puede dominar el tiempo. Creo que voy a terminar lo publicaste de mi carta desde el comienzo mencionándolo por su puesto. Ya hablaremos.Un fuerte abrazo de Guille

Manuel dijo...

Juan José era un hombre muy entrañable. Yo tuve la suerte de conocerlo y tengo un recuerdo imborable de él. Muy acertada tu entrevista y aunque la había leído en tu libro me ha gustado volver a leerla.
Muchas gracias por el trabajo que realizas por Cuevas del Campo.

Un abrazo de un cueveño por tierras de Algaidak