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martes, 15 de febrero de 2011

JOAQUÍN "CHINGARA"


Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción”
A. Machado

 Me abre sus puertas como quien abre un tesoro que no comparte con extraños, que no se deja ver. Desde la rendija, aparta la cortina con la mano y me recibe con esa mirada franca, sincera y llena de amistad, que me produce la ingenua sensación de estar ante un amigo de siempre al que visité ayer, anteayer, desde hace años.

JOAQUÍN "CHINGARA" (fallecido)

Joaquín Carmona Ruiz nació “el diecinueve de mayo de mil novecientos veintitrés, a las nueve de la noche de las de antes -cuando el crepúsculo cueveño comenzaba a bordar su espléndido tapiz de estrellas por el horizonte, en el barrio Omiso Bodega- mientras la banda de música ensayaba  muy cerca,  en la casa de Enrique Castellar que era donde vivía el maestro”, impregnando de preciosas melodías este hermoso evento, como si se tratase de la banda sonora de una gran película.  “…por eso nací a golpe de música”, me dice con orgullo y satisfacción, varias veces, para que no me olvide de anotarlo.
Mientras, en otro lugar de nuestra geografía, el ingeniero Juan de la Cierva realizaba con éxito el primer vuelo de su autogiro y en Nueva York se proyectaba la primera película del cine sonoro, ante el asombro de propios y extraños.
La infancia de Joaquín, como la de todos sus amigos y coetáneos, está llena de vivencias buenas y malas, pero eso sí, impregnadas todas de esa magia infantil que hacía las delicias de aquellas criaturas de los años veinte.
“Siendo yo muy niño, - me dice dibujándosele en su mirada destellos de ingenuidad y picardía- en casa de mis padres se recibían dos ejemplares del periódico ABC; uno para nosotros y el otro para Mariquita la Boticaria, madre de Juan José. Mi padre me mandaba llevárselo a diario. Un día al pasar por la esquina del huerto del tío Medina, en el que había una balsa, oí a las muchachas allí bañándose; entonces me subí a la tapia como los otros zagales, con cuidao pues tenía cristales, a ver si veía alguna mozuela en pelotas, en cueros vivos; pero aquel día se me fue la mano y me rajé el brazo con un cristal. Entonces salí corriendo pa mi casa y al verme mi padre me dijo si es que me había peleao. Yo le  expliqué que me caí en un estercolero que tenía cristales. Nunca supo nadie la verdad de lo que había sucedido, hasta hoy”.

SAN ISIDRO EN LA COLONIA (1954)

LA RONDALLA

Casi setenta años después de esta anécdota, Joaquín es ya un hombre tranquilo, extrovertido y sin secretos; al menos no intenta ni aparenta guardarlos o esconderlos. A mí me los ha contado todos, los buenos y los malos porque “todos forman parte de mi vida”, me dice, con una sinceridad y una elegancia digna de elogio y esto, naturalmente, le hacer ser más honesto  y sincero.

De la escuela mejor no hablar mucho, porque a pesar de su corta presencia en ella, aquellos años están llenos de múltiples vivencias que han marcado notablemente la vida y la forma de ser de este buen hombre. “Al principio estuve con la maestra Bartola y después me pusieron con el maestro Cojo, don José Barea, que era de la escuela nacional. Este hombre era tío de doña Adela la mujer de Castillo. Don José pegaba bastante y tenía una estaca así como el brazo mío -me dice extendiéndolo para que vea lo grande y gruesa que era-. Debía de ser la pata de una silla o de un sillón por el tamaño. Siempre que iba a explicar se la ponía al lao de su asiento”, matiza con enfado y resignación.

“Un día estábamos tres zagales sentaos en una banca: Julio el Florinche, Vico el Pajarillo y yo. Entonces el maestro se puso a explicar y nos advirtió: - señores, me voy a poner a explicar: Ahora después, cuando me parezca oportuno, me pondré a preguntarles -. Como críos que éramos , en vez de escuchar al maestro nos pusimos  a charlar allí entre nosotros; pero nos vio y cuando terminó la explicación nos dijo: - señores, levántense  a ver si me explican, con detalle, lo que estaba yo hablando-. Ninguno supimos darle escarte. Así que nos llamó uno a uno y nos pegó cuatro o cinco estacazos en el culo con el canto del leño aquel.
A mí, la verdad,  es que siempre me jodió que me pegaran y más con una estaca tan grande, incluso aunque hubiesen tenío motivos. A los zagales se les debe de tratar de otra manera y no dándoles una paliza”, me dice Joaquín poniendo esta vez cara de pocos amigos. Yo creo que tiene más razón que un santo. Quizá, algún que otro lector se habrá visto, alguna vez, metido en esta desgraciada situación, reflejo de una época pasada donde los malos tratos estaban a la orden del día.

Después me sigue contando con una transparencia y una claridad apasionantes que, sus “días de escuela los tenía contaos”. Luego continúa, “ mi padre me puso con una que se llamaba Mercedes la del Tuerto, que vivía en Triana, para que me pusiera al corriente de las cuentas, de las cuatro reglas, vaya.
Cuando me enseñó aquello, que por cierto fue muy pronto, le dije de nuevo a mi padre que la maestra no sabía más de to eso. Entonces me dijo que no fuese más y me quitó de aquel sitio. Luego me agarró a trabajar en la tienda. Tendría yo diez años más o menos.”

Joaquín es de esas personas que han enriquecido nuestro pasado   de recuerdos y vivencias extraordinarias y maravillosas, por eso cuando las recuerda se le ilumina la cara y como por arte de magia, a su lado, el pasado se hace presente con suma facilidad.
Además, este buen cueveño, siempre tuvo las cosas muy claras, por eso es una persona  muy aferrada a sus opiniones y normas de vida, desde su tierna infancia. Sólo de mala gana admite – como cualquier hijo de vecino, supongo yo -los cambios que le son impuestos desde fuera, pero Joaquín es, una persona que no se desanima fácilmente. Permanece siempre fiel a sus convicciones persiguiendo con ánimo impertérrito los trabajos y tareas que inicia hasta su finalización. Una de sus grandes virtudes es la voluntad, que le garantiza su propio equilibrio y fuerza interior, junto a la resistencia y la constancia; por eso muy pocos saben, quizá, que sea la única persona de la provincia  que aprendió, hace más de cincuenta años, a tocar la gaita. Fue en “Barbastro, en la 3ª Compañía, 16 Batallón, 6º Grupo de montaña, allá entre los años 1946-1949”.
Por eso y por muchas razones más, desde siempre, “la música ha sio lo mío y sin ella no podría vivir. Aprendí solfeo con doce años, con Miguel el Barbero, que tenía muy mal genio pa enseñar. Poco después me puso con Juan Torres que era sacristán porque había sio estudiante de cura y estuvo aquí muchísimo tiempo. Miguel me mandó con él porque tenía falta de dinero. También estaba conmigo Emeterio el de Prudencio que era cuñao de Salvador el Cerveño. Aprendimos los dos porque él tenía también buen oído y luego tocó la bandurria. No llegamos a debutar porque estalló la guerra.

Luis Gámez era también músico de la banda, tocaba el clarinete y nos puso a tos al corriente. Éramos entonces ocho o nueve: el Suave, los Sacristanes (Agustín y el Chico Tan), Emeterio… Porque los instrumentos de viento valían mucho y no había dinero, que si no, quizá, hubiéramos formao una banda de viento”.
Cuando escucho a Joaquín me pregunto si sus vivencias, en aquellos años de incertidumbre y miseria, le han obligado, hoy, a formular este tipo de respuestas limpias, claras y  algunas veces hasta contundentes, con ese desparpajo que rezuma historia cueveña por los cuatros costados. Además su vida aparece marcada casi siempre por un especial e intenso sentido de la música.

¿Qué instrumento fue el primero que tocó, Joaquín?. Sin prisas pero sin pausa me responde: “ fue el laúd. Yo me enseñé sólo. A mí no me dijo nadie - ahí tienes que poner los deos - y cuanto más practicaba más me gustaba. Pronto me solté y tocaba muy bien” me dice mientras se le transforma la cara y los ojos le brillan de satisfacción. Después continúa diciéndome: “tocábamos en las bodas y nos daban algún dinero”.

Pero lo que no olvida fácilmente Joaquín fue lo que muy pocos saben, “estuvimos tocando en el primer San Isidro, después de acabarse la guerra, con Luis Gámez que era el maestro de la rondalla. Él tocaba el clarinete y sonaba muy bien con la música de cuerda. Nosotros, que éramos unos ocho, lo hacíamos con laúdes, bandurrias y guitarras. Tocamos en el salón de abonos de Germán, que era una cochera (hoy es un solar junto a la carretera). Allí se hizo el baile en el año cuarenta. La gente nos vitoreó mucho y nos hicieron muchas palmas”, me dice todo emocionado. Lo reflejan sus pupilas casi sin que él se dé cuenta.
¿Y los apodos? “El apodo Chingara viene de mi bisabuelo. Los zagales de aquella época jugaban a la rueda de los chingueschingar era dar coces las bestias -. Dicen que mi bisabuelo jugaba muy bien a aquello. Daban vueltas y se paraban dando patadas. El del medio decía: ¡chinga, chinga!. Y ¡cojones!, chinga, chinga que se quedó con Chingara.
Recuerdo que estando en la mili, venía yo de permiso de la provincia de Huesca y en la estación de Alcantarilla hacíamos transbordo, y ¡coño! Iba yo por allí andando cuando detrás de mí oigo: ¡Chingara!, ¡Chingara! y dije yo, ese es de las Cuevas; volví la cabeza y era Fernando Vallejo.
El de Chirribinas es de otro antepasao mío que era muy chilindrinas porque hablaba muy bien y tenía mucho esparpajo pa hablar. Así que se quedó con Chirribinas.”
Joaquín es de esas personas que guardan completamente en su interior toda la esencia de nuestro pasado con una fidelidad extraordinaria y digna de elogio. Lo sabe casi todo porque él mismo forma parte de nuestro pasado y de nuestro presente. Y si no, sigan ustedes leyendo y verán.
“Mi padre fue alcalde pedáneo y el inventor de la romería de San Isidro. Un año decidió llevar al santo a la Colonia; como tenía tienda, los colonieros se llevaban muy bien con él. Un día les dijo que les llevaría a San Isidro allí pa que disfrutaran ellos y participaran igual que los cueveños. Entonces puso la romería
En un principio las familias no iban. Se juntaba una camarilla de amigos y  se llevaban sartenes para hacer paellas. El santo se llevó desde el primer momento y se decía la misa allí. También había muchísimos líos por la cosa de la bebía; se afollonaban y luego venían las peleas. Las mujeres y los niños empezaron a ir poco tiempo después”.
Joaquín, cuénteme como eran las bodas de aquella época. “Yo me casé en mil novecientos cincuenta y uno. La boda dependía de la gente, si tenías más o menos medios. El que podía la celebraba en su casa y no como ahora que se van a los restaurantes. Entonces no había  dineros, ni sitios donde hacerlas, ni  na de na.
En las casas que se podía  se mataban animales: chotos, pavos, pollos … y se daba comida a los invitaos. To el día de boda, de la mañana a la noche. La comida, y a la noche baile, después de la cena. Una guitarra con un laúd o con una bandurria, o con un solo instrumento bailaban veinte.
Yo fui de viaje de novios a Baza, a la feria chica, pues me casé en octubre. Aquel año una riada se llevó el puente”.
¿Y cómo se pasaba de un lado a otro del río, Joaquín? “Me acuerdo yo del barquillo que había pa pasar el puente”, me dice con una nitidez que parece que  yo  también estoy allí viéndolo. Después continúa. “Había, entonces, un cochecillo muy chico de los Simones, que le llamaban la Cirila; cabían catorce o quince personas. Se metía en el barco y lo pasaban al otro lao. Después de un tiempo, los pasajeros llegaban en otro coche, hacían trasbordo y otro correo los esperaba en el otro lao pa llevarlos a Zújar o a Baza”.
 La verdad es que Joaquín Carmona es una de esas personas que te gustaría tener siempre a tu lado y no sólo para escuchar viejas canciones surgidas de las cuerdas de su laúd o guitarra sino para oírle contar, con todo detalle, anécdotas del pasado como si fuesen historietas de Roberto Alcázar y Pedrín, llenas de ternura, nostalgia y sonrisas.
Después de una breve pausa le pregunto: Joaquín, ¿cómo es usted?. Por un instante noto en su cara que la pregunta le ha dejado casi en fuera de juego, pero no se inmuta; después de unos breves segundos, respira hondo y de inmediato me dice con esa sinceridad castiza que anida en él: ”siempre he sio mu travieso, pero me tengo por buena persona. No tengo malos adentros y en mi vida he tenido más rasgos de generosidad que de agarramiento”.
Es increíble, pero el tiempo se nos ha ido pasando casi sin darnos cuenta entre anécdotas, música y vivencias de los años pasados junto a sus amigos de siempre, especialmente “Gregorio el Loco y el Chico Jerga”, a los que profesa un gran cariño y amistad, aunque el destino se llevó para siempre a este último de nuestro lado, no hace mucho.
Para finalizar le pregunto: Joaquín, con la experiencia de sus años, ¿qué es lo que más valora hoy día?. Por unos instantes veo, una vez más, el brillo de sus pupilas. Hace una breve pausa. Sonríe tímidamente de satisfacción  y me dice desbordándosele por doquier la serenidad: “de joven se cometen muchas locuras pero, ya, a mis años he comprobao que mi mayor riqueza es mi familia,  los buenos amigos, y de fondo la música siempre”.

Cuevas del Campo 4 de enero de 2.001


ROMERÍA EN LA COLONIA

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