viernes 11 de noviembre de 2011
PASTORA RUIZ NOGUERA
He
cruzado por campos repletos de flores
y
alamedas preñadas de hojas,
por
valles de muchos amores,
y
estanques vacíos de ocas.
© Antonio V. Martínez
Cruz
PASTORA RUIZ
PORTADA DEL LIBRO
Pastora, emocionalmente
es mucho más sensible de lo que aparenta a simple vista. Adora profundamente a
su familia y conserva, desde siempre, casi todas las amistades de sus años
jóvenes. Es leal y sincera hasta la médula porque le sale de dentro. Además
posee una mente original, clara e innovadora que hacen de ella una mujer apasionante,
rica en recuerdos y nostalgias pasadas, con una memoria que llama
inmediatamente la atención. Lo recuerda todo con suma nitidez, a pesar de que
muchos de sus recuerdos se remontan a los “felices años veinte”.
Pastora vio los
primeros rayos de luz de su vida el “diez de febrero de 1.922, en la cueva de
la Cañá de San Isidro, donde ahora vive Bernarda y Juan José el Boticario”.
Mientras en Estados Unidos un meteorito de más de veinte toneladas impactaba en
Virginia, originando un gran cráter de casi cincuenta metros cuadrados, en
Egipto se descubría la tumba de Tutankamón y nuestro D. Jacinto Benavente
recibía el premio nóvel de Literatura.
En sus años de infancia
y juventud, a Pastora, le tocó vivir una mala racha histórica de miserias
plenas de problemas, penalidades y vicisitudes que le dejaron, sin duda,
marcada para siempre, como a casi todos los cueveños de su época. Aquellos
falsos “felices años veinte” nunca llegaron a Cuevas del Campo ni a muchísimos
hogares de nuestra extensa geografía española, como todos sabemos.
“Recuerdo con cinco
años poco más o menos que nos fuimos a vivir a la Casería. Allí estuvimos unos
diez, hasta que la vivienda se puso muy mal. Al estallar la guerra nos quitaron
la tierra y mi padre no la reclamó ni seguimos viviendo en ella, así que nos
vinimos al pueblo a esta cueva donde ahora vivo”, me dice con la nostalgia y la
tristeza de aquellos infantiles años reflejados profundamente en sus pupilas.
Las condiciones
sociales y familiares de aquella época hicieron que Pastora visitase muy poco
la escuela. Por encima de los deberes escolares siempre estaban las
obligaciones y los trabajos de la casa, por eso al preguntarle por sus años de
escolares me cuenta: “…a la Casería iba un maestro que le decían Leopoldo a
darle clase a mi hermana. Después fue otro, el maestro Zopo, que vivía en la
cueva esa que tenía el Chico Federico detrás de su casa, donde está la báscula.
Allí vivía el hombre”.
“Ya cuando nos vinimos
aquí, mi madre nos puso con Doña Ángeles, aunque yo iba muy poco.
Como éramos siete en
casa, mi madre me necesitaba y me decía: hoy no vayas porque tenemos que hacer
esto; mañana porque tenemos que hacer lo otro; total que casi nunca iba, a
pesar de que me costaba rabietas. La última vez que fui -me dice riéndose- me pusieron
la primera lección de memoria y como dieron vacaciones ya no fui más ni tuve
que aprender na”.
La verdad es que aunque
Pastora apenas pisó la escuela, los pocos días que estuvo en ella los recuerda
con toda claridad y nitidez “…leía y llegué hasta multiplicar por dos cifras y
ya se acabó”, me dice como si viniese de hacer novillos.
“Por las tardes
cosíamos. Yo aprendí a hacer punto y punto de cruz. El primer jersey que yo
hice me lo dirigió Doña Ángeles. Recuerdo que fue de algodón. Luego estalló la
guerra y ya no fui más. A malas penas aprendí a leer cantando, como se hacía
otras veces pero la maestra me regañaba -me dice dibujándosele una vez más la
sonrisa en su rostro- hasta que se me quitó el vicio”.
Pastora está repleta de
recuerdos infantiles que acuden rápidamente a su mente, uno tras otro, como un
manantial de aguas limpias y cristalinas. “Los ratillos libres que tenía me
juntaba con mis amigas en la puerta, aquí en las eras. Saltábamos a la comba,
jugábamos a la rayuela, a las chinas… a toas
esas cosas que se hacían de chica. En mi casa no me dejaba mi madre salir. Me
decía: hoy tenemos que hacer esto y no te puedes ir”.
Otro gran problema en
aquellas épocas, era lavar la ropa durante todo el año porque en el pueblo
apenas había agua para beber o cocinar. Por eso al preguntarle cómo se las
apañaba ella y su familia me mira, sonríe y me dice: “Como en casa éramos siete
teníamos una lavandera. Una vez nos trajo la ropa casi como se la llevó y eso
que le dábamos el jabón, entonces fue cuando empecé yo a lavar y lavar;
recuerdo que por lavar una sábana se cobraba entonces una perra gorda y por una
docena de trapos, un real”.
Mientras Pastora,
pausadamente, me va contando sus vivencias, observo que en su cara se van
reflejando, fielmente, las emociones pasadas de sus relatos.
“Cuando juntábamos
mucha ropa, mi madre buscaba siempre una mujer para que me acompañara. Entonces
nos íbamos por ahí a esos barrancos to el
día, al molino de Pepe, al caño del Tío Chingara, a los Hoyos…pero dónde íbamos
más, era a las Pozas y madrugábamos mucho.
Cuando yo ya era grande
lo hacía sola; unas veces con mi hermana, aunque era menor, y con mi madre
otras. Mi madre me llevaba muy tempranico
con la borriquilla y luego venía a recogerme. Allí siempre había muchísima
gente y salía el agua muy calentica
en invierno. En el verano lavábamos aquí”.
Es de sobra conocido
por todos que Pastora desde hace muchísimos años ha sido una pieza importantísima
en la vida social y religiosa de nuestro pueblo y de nuestra Parroquia, no sólo
por esa maravillosa voz que Dios le dio para cantar, sino también por su
predisposición a echar una mano a todos los sacerdotes que han ido pasando por
nuestro pueblo. Esto ha hecho posible que los recuerde a todos con cariño, uno
por uno con una lucidez impresionante.
Es pura y auténtica
historia cueveña todo lo que va brotando de su mente y de sus adentros:
“Siempre me ha gustao mucho ayudar a
la Iglesia, desde que tenía doce años lo he venío
haciendo. Vivíamos en la Casería cuando vino D. Ramón a Cuevas; tendría yo seis
o siete añillos. Estuvo aquí hasta que lo jubilaron. Recuerdo que era un hombre
muy bueno, aunque tenía muy mal genio cuando se enfadaba, pero luego no tenía na”.
“Después vino D.
Francisco Arredondo, que le decían el cura Pita. Luego hubo varios curas de
Baza a decir misa, pero fue durante muy poco tiempo, hasta que vino D. Damián,
que estuvo un año y fue de los primeros que salieron al terminar la guerra y
rehacerse el seminario. El Obispo le dio permiso y se fue a Puerto Rico porque
allí faltaban curas, dijeron. Luego pasaron por aquí tos los que había en Baza:
D. Jesús Revuelta, D. Francisco Cobos, D. Andrés el de San Juan…”
“Luego asignaron a un fraile
franciscano que le decían el padre José María, un hombre chiquitillo y
regordete pero que era una preciosidad y además buenísimo. Estuvo hospedao en la casa del Suave unos meses
y después, en el verano, se lo llevaron”.
“Después mandaron a D.
Francisco Lorén, que era de Guadix. Estuvo por aquí unos tres meses y estaba
recién salido del seminario. Tras él, vinieron D. Juan de Dios, después D.
Antonio Martínez Pozo -tu tío- D. Fermín, D. Francisco Hidalgo, que pasó con nosotros
doce años y actualmente D. Fernando Corral”.
A pesar de sus ochenta
años, muy bien llevados por cierto, Pastora es una de esas mujeres que casi
siempre irradia en su entorno valores tan importantes como la modestia, la
bondad, la honradez además de otros muchos sentimientos, especialmente el de la
comunicación y el de la comprensión, aunque en muchos momentos la vida le haya
jugado malas pasadas, especialmente en aquellos miserables y odiosos años de
guerra, que sin duda le dejaron grandes cicatrices en su alma y en su formas de
ver la vida.
“Cuando estalló la
República ya vivíamos nosotros en esta cueva. Había venido el Obispo, D. Manuel
Medina Olmos y salimos to el pueblo a
recibirlo. Al día siguiente estalló la República. De estas cosas que no se te
olvidan te diré que estábamos mi madre y yo aquí en la puerta con mis hermanos,
que ya eran grandecillos. Entonces
pasó un grupo de hombres con una bandera republicana, que por cierto el que la
llevaba era uno de aquí, y al vernos en la puerta dijo: mira que cara tiene ese
-refiriéndose a mi hermano- ¡Vente chico con nosotros! Y mi madre le contestó:
a mi hijo no se le ha perdió na con
vosotros. Aquella noche, de madrugá
la gente buena de aquí, a escondidas, se llevaron al Obispo a Guadix".
Pastora esta vez ha cambiado el tono de sus palabras y unas pinceladas de
inquietud y tristeza se le reflejan en su rostro.
Después de una breve
pausa me sigue contando: “La guerra cambió la vida de Cuevas y se sufrió mucho
porque no era menester que fueras rico ni
na. Al poco tiempo llamaron a mis hermanos y se los llevaron a la guerra a
los tres. Nos quedamos mis padres, mi hermana yo; y claro teníamos que ayudarle
a mi padre. Luego cuando sólo teníamos cuatro cosas para poder comer, el
alcalde Fernando Moya nos enviaba una nota en un papel de estraza, que por
cierto el otro día buscando una cosa lo encontré entre la ropa, que decía que
le echásemos una fanega de trigo -otras veces eran cuatro o cinco- ¡Y se la
teníamos que echar… y si tú tenías que comer, comías y si no te aguantabas. La
verdad es que se sufrió mucho", me dice Pastora mientras me habla, le noto
sin que casi ella se dé cuenta -una vez más- que se le humedecen las pupilas de
rabia e impotencia.
“Después vinieron los
milicianos aquellos. A mí me pilló lavando por aquello de Pérez y me asusté
mucho. Luego vinieron hacia mi casa a por mi padre porque decían que tenía un “remisto”, una cosa como una escopeta,
pero que era más pequeño. Había sio
de mi abuelo, pero alguien dio el chivatazo de que lo teníamos. Entonces
vinieron y lo primero que hicieron fue empezar a dar tiros por aquí, tiros por
allí, tiros pa otro lao. Llegué a mi
casa pa que me diera un torazón. Nos pidieron que entregáramos
la herramienta aquélla. Menos mal que ya la había llevao mi padre al Ayuntamiento. Luego, antes de irse, le dijeron
que lo comprobarían al día siguiente, -pues estaba oscureciendo ya- y que si
les había engañao se lo llevarían en
el camión a Baza, con los otros que llevaban deteníos”.
Pastora sigue
contándome los hechos y aconteceres que estaban sucediendo aquellos días en
Cuevas del Campo con todo detalle como si fuese una auténtica película trágica
de aventuras:
“…a don Ramón el cura,
se lo llevaron y no lo mataron de milagro, aunque sí lo detuvieron como a los
otros seis que llevaban. Lo sacaron al balcón del Ayuntamiento y dio la
casualidad que el jefe de los milicianos había sio acólito o monaguillo suyo en El Margen de Cúllar. Entonces,
como D. Ramón era un hombre muy listo que había estudiao medicina y en
particular pa lo niños pequeños, pues
era muy entendío, aunque no recetaba
porque no había terminao la carrera y
no tenía título.
En ese momento, alguna
gente empezó a gritar que se lo llevaran con los otros en el camión. El
miliciano les dijo entonces ¿pero qué mal ha hecho?
La gente contestó que
no les había hecho ningún daño. Entonces aquel hombre les dijo, tratando de
salvarlo: pensar que si se queda lo podríamos dejar de practicante. Así que si
no hubiera sio por eso se lo hubieran
llevao. Por eso estuvo toa la guerra haciendo de practicante en
nuestro pueblo y de cura a escondías".
A pesar de los años
transcurridos, Pastora, sigue viviendo aquellos hechos como si acabasen de
suceder. Como si el pasado, por arte de magia se hubiese hecho presente. “La
noche que rompieron y destrozaron la iglesia, el ama que tenía D. Ramón, que
era hermana de los “Fritaillas” , y
él se escaparon de la Iglesia por un agujero que había en el huerto de la
parroquia. Los recogieron en una cueva cercana a Mariquita la Boticaria o por
allí sería, no me acuerdo muy bien. Después se quedaron en la cueva que hay
debajo de Bernarda que sube la cuesta así parriba.
Allí estuvo D. Ramón, en esa cueva del rincón, toa la guerra”.
Después de una pequeña
pausa Pastora prosigue contándome: “Aquel día fue lo más amargo que uno pueda
imaginar. Destruyeron la Iglesia.
Esa madrugá nos levantamos mi madre y yo pa amasar. Era pleno verano y un vecino
nuestro llamado Joaquín cuando se iba a barcinar llegó al pilar grande, con dos
caños que había en la puerta de la Iglesia, y se subió corriendo al ver a dos
santos encima del poyo. Además como todavía era casi de noche creyó ver a una
mujer que estaba llenando agua. Cuando se acercó un poco más se dio cuenta que
era la Virgen de los Dolores que estaba tirada en el pilar. Así que el hombre
se subió muy asustado y ya no se fue a trabajar, pues vio además a tos los santos hechos polvo. Después la
madre del Chico Jerga que era prima hermana del padre de mi madre, la metió en
su casa y la puso en una habitación de arriba de su casa. Siempre le tenía
puesta una luz encendida. Un día, como hacía aire, ardió la cortina en la
mariposa y se pegó fuego. Cuando los milicianos entraron a apagar el fuego
vieron a la Virgen y la hicieron polvo”.
Pastora es una de las
personas menos orgullosas de este pueblo. No tiene ni idea de lo que es la
soberbia, por eso, la gente altanera le parece ridícula, especialmente todos
aquellos que presumen siempre de ese honor falso a los valores tradicionales.
Además, casi todas sus luchas internas y externas son dialécticas, por eso
cuando se siente presionada u ofendida alguna vez, se larga sin decir adiós.
Como a todos mis
entrevistados siempre les hago la misma pregunta: Pastora, ¿cómo es usted? Por
un instante parece dibujársele la desorientación en su cara, “¿qué cómo soy
yo?… pues…más bien tonta -se ríe para ocultar esta vez su nerviosismo. Eso lo
tiene que decir otro; yo ¿qué voy a decir de mí? La verdad es que soy una
criatura que no puedo ver que me necesiten y no acudir… y yo que sé. Mi vida me
la he tirao así siempre, ayudando a
to el mundo. También soy tranquila pero hay veces que cuando hay que hacer
cualquier cosa me recomo por dentro y me lanzo, sea lo que sea, de quien sea y
lo que sea. También me dicen que soy cabezota. Nunca he sio una persona zalamera, más bien soy algo seria. También valoro
mucho la amistad y no me gusta la traición”.
En otro momento le
pregunto que me cuente alguna anécdota sucedida en el pueblo. Casi sin
pensárselo dos veces me dice: “Recuerdo que cuando D. Ramón estaba aquí de
sacerdote se celebraba mucho la Nochebuena, -la cara de Pastora se le ilumina
como a una cría y se pone a sonreír- al Niño Jesús le pusieron en los bracillos
como unas anillas así en la espaldilla y había un cable muy tensao desde el coro de la iglesia hasta
el altar.
Un año estaba to el mundo mirando pal coro porque aquello daba sensación de verlo bajar por el aire
tan bonico. Ese año se vio que lo tensaron mal porque cuando D. Ramón dio el
tironcillo desde el altar. La cuerda se quebró y el Niño Jesús se hizo añicos
el pobre, en el suelo”. Pastora se envuelve de nuevo en una sonrisa infantil
deliciosa.
Y ya para finalizar le
pregunto qué le parecen todos estos cambios culturales, sociales y religiosos
que se están desarrollando últimamente en nuestro pueblo. “La verdad es que
hacía falta to lo bueno que está
haciendo la Cofradía Nuestra Señora de los Dolores y ¿cómo no? La Semana Santa
Viviente. Yo he llorao más que
Jeremías. Al ver el Drama de Pasión me metí dentro. Lo primero que vi fue el
ensayo general del jueves. Me impresionó la segunda caída. Allí lloré mucho
también. Y el viernes Santo también. Allí viví lo que dice el Evangelio de San
Mateo. Lo vi todo y bien, pues me metí en la realidad de la Pasión y me
emocioné, lloré mucho y sufrí todavía más. Había gente que decía: cucha esto,
que si cucha lo otro y yo les decía qué sabréis vosotros… pero en fin, cada uno
pensamos de nuestra manera y cada uno hacemos las cosas a nuestro aire. Así que
me gustó mucho”.
Casi sin pensarlo el
tiempo se nos ha pasado volando y gratamente como la golondrinas en las tardes
de primavera.
Fallecida en Cuevas del
Campo, en su casa, 4 enero 2002. (Fallecida).
© Antonio V. Martínez
Cruz
ROMERÍA DE SAN ISIDRO 1948
PUERTA REAL, JUNTO A LA IGLESIA
EL SR. OBISPO MEDINA OLMOS, HOY "BEATO"
VISTA DE LA CARRETERA 1964
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LA GENTE GÜENA DE CUEVAS DEL CAMPO
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1 comentarios:
Hola...
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